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June 02 La escaleraJusto ahí donde terminaba la acera y comenzaban los escalones, Joaquín levantó los ojos del suelo. Su mirada trepó por ellos con la audacia que lo haría él mismo en unos momentos, es decir, lenta, torpemente. En realidad no había prisa por subir de todos modos. Arriba le aguardaba la muerte. Se trataba de una escalera de bloque y cemento, sin más detalles o adornos además de una guarnición sin enyesar. Ni siquiera su altura llamaba la atención en el passaje. Sin embargo, sus veintiocho escalones habían sido trascendentales en la vida de Joaquín. Por ellos supo que ya no era un niño, cuando ya no le reportó ningún triunfo la hazaña de treparlos de dos en dos. Fueron ellos quienes le enseñaron sin sutilezas cuan viejo era ya, la primera vez que se detuvo en mitad del ascenso para tomar aliento. Y ahora la escalera le enseñaba que iba a morir. Quizás era lo más lógico. La mano de Joaquín se apoyó en la guarnición de cemento. Aún rezumaba ésta todo el calor del mediodía, le hacía desear estar descalzo. -Uno- contó maquinalmente para sí al comenzar a subir. La voz de la muerte rodó por la escalera. -¿Ya ves hombre? Te dije que no se iba a quedar así lo de la Lucrecia. -Lucrecia.- repitió Joaquín en voz baja, se mordió el labio inferior. En voz más baja murmuró “María” y en el pensamiento continuó con el dos.
Desde aquella tarde en que las escaleras le vencieran, Joaquín acudía todos los domingos a la plaza a ocupar su sitio entre los viejos. Se sentaba en una banca sin sombra por ser la única libre y sola, y permanecía ahí hasta el mediodía. Su pensamiento era una veleta mecida por el vaivén de las circunstancias a su alrededor. A veces rabiaba la mansedumbre de las palomas, preguntándose si llegaría un día en que nacerían sin alas y sin miedo; a veces las comadres saliendo de la iglesia le recordaban a su madre; a veces los besos de Esteban y Maria lo hacían sentirse tremendamente celoso y solitario. Fue en una de esas mañanas de sol y celos cuando se enteró de que María se llamaba Lucrecia. Así la llamó Esteban a gritos tras amenazarla con una tunda si no se detenía y volvía a su lado. A Joaquín le gustaba María desde la primera vez que la vio en aquella primera mañana borrascosa en que se supo viejo y acabado, y quizás no era tanto gustarle sino una gratitud inmensa por de haberle apartado de sus cavilaciones y cálculos del tiempo con su rostro virgen, su cuerpo osado, cuya mirada y silueta le habían evocado en seguida el nombre de María. Siempre se había preguntado Joaquín que hacía una muchachita como ella con un vago como Esteban. Él, si no estaba en prisión, estaba escondiéndose de la policía o estancado en algún callejón como un cangrejo, acechando un transeúnte descuidado. Ella era bonita, y a la vista tenía muchas luces en la cabeza, seguro podía conseguirse un mejor partido. Y sin embargo, les veía siempre juntos por la plaza, arrimados al tronco de un árbol, tendidos en el pasto o estorbando con su abrazo y su paso lento a los pasantes. Lucrecia –María- hizo caso omiso de las advertencias de Esteban y siguió caminando con paso firme, para el regocijo sin disimulo de los paseantes y un secreto orgullo de Joaquín. Al pasar delante de su banca soleada se detuvo. Le miró con cierto desdén –Esa vez supo también que los ojos de María eran negros, profundamente negros y vivos.- y luego gritó dirigiéndose a Esteban: -Prefiero a este viejo que a ti- y se sentó a su lado. Lo próximo que sintió Joaquín fueron las manos de la chica -suaves a pesar de la brusquedad con que tomaban su rostro arrugado,- y enseguida unos labios apretándose contra los suyos. Risas y bulla. Esteban era un nudo de coraje. Lucrecia le miró desafiante antes de ponerse en pie y esfumarse. Joaquín, poco a poco, aflojó las manos aferradas a sus rodillas. Lo siguiente que supo fue que Esteban le retaba a ponerse de pie, amenazándolo con los puños e insultándolo. Joaquín fingía mirar algo a lo lejos mientras evocaba la derrota de la escalera y le dolía a crueldad de Maria. Hubiera querido tener veinte años menos, diez, cinco, o al menos la seguridad de ponerse de pie sin tomar impulso una o dos veces, sin el miedo a que su espalda le traicionara. Esteban era aplacado por las señoras que iban saliendo de misa y por otros ancianos solidarios. Risas, bulla, amenazas de llamar a la policía y la mirada de Joaquín perdida en el instante del beso de María, cruel, e involuntariamente dulce. Hubiera querido tener tantos años menos, estar menos solo.
Joaquín murió mucho antes de que el estallido se disolviera en el silencio de la noche. Su cuerpo rodó y se detuvo a mitad de la escalera, sin llegar a descender completamente. Ni la sangre que comenzara a escurrir hacía abajo logró llegar hasta la acera, quedó estancada algunos peldaños antes, como una cuenta pendiente.
March 07 AliciaAlicia, se encontraba sentada frente a su tocador, mirándose en el espejo, cepillando su largo y negro cabello. Lucifer la miraba, recargado a un lado de la puerta, cruzado de brazos, invisible, intangible, inaudible, absorto en su visión. Terminó su labor, se levantó. Su cuerpo era escultural, su rostro increíblemente hermoso. Estaba cubierta por un breve pijama que dejaba al desnudo sus muslos. Dirigió la mirada hacia Lucifer (¿Acaso le podía ver?), él perdiose en aquellos ojos inocentes y a la vez tan seductor, mas como si lo hubieran quemado, ladeó la cabeza y posó los suyos en el suelo, vencidos. Alicia comenzó a caminar acercándose a Lucifer. Metro y medio, un metro. Sus pasos eran frágiles, como cristal. Cincuenta, veinte centímetros. Alzó la mano cual si señalara. Él se puso firme, contuvo la respiración, como esperando una fuerte embestida. Cinco, dos, uno... la mano pasó de largo, la luz se apagó, y la habitación hubiese sido engullida por la oscuridad de no ser por la luz de luna que entraba a través de la ventana y se derramaba sobre la cama. Lucifer se apartó. Sorprendido, miró a la pared; había estado recargado sobre el interruptor. Alicia se recostó en la cama, empapándose en la luz. Pronto sólo se escuchaba una monótona respiración. Lucifer fue a donde ella. Su mano informe hizo ademán de acariciar su mejilla. -¿De nuevo aquí?- se oyó una voz tras Lucifer. Él se dio media vuelta, caminó hacia la pared, e indiferente a quien le interrogaba, atravesó el muro. Miguel lo siguió. Ya afuera, Lucifer desplegó sus alas de piel y emprendió el vuelo, perdiéndose en el nocturno firmamento. Miguel simplemente se desvaneció. Y Alicia continuó dormida, sin saber siquiera de sus extraños visitantes.
December 27 EleonorDespués de tanto buscarte, después de tanto sudor y sangre derramados, después de tantos insomnios y sueños esquivados, de tantos extravíos, de tantas hambres, de tantas caídas y dudas (tantas dudas). ¿Y es que acaso no nos puso frente a frente el Destino? ( ¿Acaso no pudiera leer, si supiera, en las estrellas de esta noche que va cayendo, esta historia, mi historia? ¿Acaso el viento no narró desde siempre, en su canción de juglar antiguo, este frío que me hace empuñar las manos?¿ Acaso nuestros nombres no han naufragado juntos en el oleaje eterno de los mares? ) ¿Acaso fue simplemente azar? Respiraciones, lentas, calladas, cansadas, al son del crepitar de la fogata. Bebe agua (vino, si aún te resta), come un poco, duerme si quieres, si lo necesitas (si te atreves), descansa. Respiraciones agotadas, tranquilas, miradas encontradas, sin poder ahondar una en la otra, sin poder apartarse una de la otra. Acompasados el pulir de las espadas (el latir). Limpia bien la hoja, borra las mellas, quita la herrumbre, pule yelmo y escudo, prueba su dureza. No hay prisa, ya no. Miradas encontradas, vacías, tristes (guerreras). Recuerdos que se enmarañan con el viento herido, con la lluvia helada. Un nombre fugitivo, no el tuyo (pero en tus labios), no el mío (pero hondo, muy hondo en mi memoria). Abiertas nuevas heridas (heridas nuevamente abiertas). Blande bien la espada.
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