Joaquin's profileDown Where I AmPhotosBlogLists Tools Help

Blog


    August 13

    Las alas del ladrón (Desenlace)

     

    Al día siguiente, después de leves intervalos de sueños y pesadillas, Andrés se levantó tan alterado como se había acostado. Durante toda la noche había temblado bajo las sábanas de la cama. Si caía vencido por el propio cansancio, cualquier ruido extraño que no conseguía identificar le despertaba y le hacía saltar del colchón para esconderse y, quizás, jugar con cierta ventaja a la hora de salvar el pellejo. Cuando comprobaba que sólo era su imaginación la que una y otra vez se burlaba de él, se sonreía y volvía a tenderse para brincar de nuevo poco tiempo después. Acabó durmiendo con dos cuchillos a lado y lado de la cabecera, pero los ruidos y las pesadillas continuaron sin concederle tregua a lo largo de las horas oscuras.

    Lo primero que hizo aquella mañana fue encender la televisión para ver se daban alguna noticia sobre la redada de la noche anterior. Aún era temprano y todos los canales emitían informativos antes de cederle el protagonismo a las tertulias o a los programas para amas de casa. Se echó en la cama escuchando las noticias internacionales, guerras, atentados suicidas y desastres naturales, mientras iba leyendo los breves que corrían en el extremo inferior de la pantalla por si encontraba alguno que hiciera referencia a aquello que le interesaba. Cuando llegó el bloque de nacional se sentó en el borde de la cama y subió el volumen de la televisión. El presidente del gobierno y la oposición fueron los primeros protagonistas, después hablaron de un nuevo proyecto de ley y de la huelga de unos trabajadores defendiendo sus puestos de trabajo. Se fueron sucediendo las noticias y Andrés comenzó a temer que no hubiera habido redada aquella noche, que en un lugar de la ciudad hubiera unos magrebíes preguntándose dónde estaba su alijo y, en otro punto, otro grupo de moros preguntándose por qué no habían recibido su mercancía. En cualquier momento temió una llamada al móvil de El Liche, por eso lo apagó y se quedó inmóvil y a oscuras, incapaz de pensar qué debía hacer. La única imagen que una y otra vez le venía a la cabeza era la de su cadáver cubierto a navajazos. Pero entre su maraña de pensamientos e imágenes macabras, la voz monótona del presentador se infiltró dejando caer la palabra ‘redada’.

    Andrés volvió a prestar atención a la televisión en el instante en que el periodista daba paso al vídeo.

    “Una banda dedicada al tráfico de drogas ha sido desarticulada esta madrugada por el Cuerpo Nacional de Policía en dos operaciones llevadas a cabo en dos barrios de Barcelona – decía la voz en off de una mujer – La actuación policial se ha saldado con la detención de nueve hombres de origen magrebí y de un español”

    El Liche, pensó Andrés.

    “La policía llevaba meses siguiendo la pista a esta banda que se dedicaba al contrabando y distribución de droga. Durante el registro de ambos pisos, las fuerzas de seguridad se incautaron de varios kilos de cocaína así como de armas, varias mochilas con dinero en efectivo y múltiples pasaportes y tarjetas bancarias falsificadas.

    Aunque la operación ha sido calificada de exitosa, fuentes policiales han confirmado que en el momento de la detención algunos de los integrantes de esta banda han conseguido escapar”

    La emoción de Andrés le impidió escuchar esta última frase. Cayó de rodillas ante el televisor llorando. Gracias, susurraba, gracias, gracias, gracias, decía mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás. Toda aquella pesadilla había terminado. Podía volver a por Eva y a por Andresito, podía olvidarse de todo, coger el dinero y marcharse a otra ciudad a comenzar una nueva vida. Podía buscar un buen trabajo y convertirse en un hombre, dejar de ser ese desgraciado que nunca conseguía conquistar a Eva ni ofrecerle nada a Andresito. La noticia le convenció de que la vida le acababa de brindar el último golpe de fortuna, y que, a partir de ese justo instante, no debía volver a cometer ninguna estupidez más.

    Sonreía, y estaba a punto de apagar el televisor cuando el vídeo de otra noticia ubicada en Barcelona captó su atención.

    “Y no abandonamos la ciudad condal porque esta madrugada los mossos d’esquadra han encontrado en un inmueble del barrio barcelonés de San Adrià los cadáveres de una mujer y de su hijo con evidentes signos de violencia. Por el momento, no ha transcendido la identidad de los fallecidos ni las causas de su muerte, pero la policía trabaja con la hipótesis de otro episodio de violencia doméstica”

    Antes de que el vídeo terminara, Andrés ya se precipitaba escaleras abajo convencido de que esos cadáveres eran los de Eva y a Andresito.

    Salió del edificio como un vendaval, aterrado ante la idea de  tener que reconocer a la mujer y al niño en un depósito de cadáveres. Le faltaba aire para respirar y concentración incluso para caminar. Se movía dando bandazos y a trompicones, sin poder ver dónde ponía los pies ni contra quien se abalanzaba. Las lágrimas le corrían por las mejillas y clamaba contra la vida y contra su suerte. No importaba que Eva y Andresito no fueran madre e hijo, ni tampoco que no estuvieran viviendo en San Adrià. En cuanto escuchó la noticia supo que aquellos cadáveres sobre los que hablaban eran los de la mujer y el niño.

    Mientras corría por la calle, Andrés se vio atrapado por dos hombres que detuvieron su carrera y lo acorralaron contra un muro.

    -¡Eh!, ¿qué pasa?, ¿dónde vas tan deprisa? – dijo uno de ellos.

    Andrés reconoció a los policías de paisano que custodiaban su casa y, de repente, recordó que ellos también deberían de haber estado custodiando a Eva y a Andresito.

    -¡Hijos de puta! – rugió revolviéndose como un animal – ¿Dónde coño estabais, eh? Se supone que deberíais de haber estado vigilándoles como a mí.

    Los dos hombres se miraron interrogantes.

    -¿De qué hablas?

    -¡Están muertos por vuestras culpa! – continuó gritando Andrés – ¡Os voy a matar a todos! ¡Todo me da igual!

    Un corrillo de curiosos se había reunido alrededor de la escena. Algunos la contemplaban sorprendidos y otros llamaban a la policía. Los agentes tenían a Andrés acorralado contra la pared, sujetándolo por los brazos, y éste se agitaba y lanzaba patadas y rabiosos gritos mientras lloraba y bramaba serias amenazas que estremecieron a los que le escuchaban.

    Finalmente, Andrés consiguió zafarse de los policías y echó a correr, pero uno de los curiosos metió un pie y le hizo caer de nuevo. Los agentes volvieron a echarse encima de él y aprovecharon que estaba en el suelo para ponerle las esposas.

    -Dejadme, ¡jodeeer! – gritó Andrés - ¡Ha sido culpa vuestra! Deberíais de haber estado vigilándolos. ¿Dónde estabais? ¡Pegadme un tiro o os mataré a todos! ¡¿Me oís?!

    -¿Pero de quién coño estás hablando! – preguntó uno de los policías, que hincaba las rodillas contra su espalda mientras le apretaba la cabeza contra el suelo.

    -¡De Eva y de Andresito, hijos de puta! Los han matado. ¡Joder, dejadme!

    Llegaron los primeros coches patrulla y una ambulancia. La policía intentó dispersar a la gente mientras Andrés se rendía y dejaba de revolverse, derrotado. Se hizo un ovillo mientras lloraba y gimoteaba lastimosamente. Si hubiera tenido una pistola en la mano, no habría dudado en pegarse un tiro.

    -Ellos están bien. ¡No les ha pasado nada! – dijo uno de los policías – Están bien.

    Un médico y un enfermero intentaron calmar a Andrés suministrándole un calmante, pero él no consintió la ayuda. Continuó tendido en el suelo hasta que llegó un último coche de policía y una mujer bajó de él con un niño en brazos.

    Eva caminó hacia Andrés y se acuclilló junto a él.

    -¿Qué ocurre?

    El hombre levantó la cabeza y durante unos instantes miró a Eva como si se tratara de una desconocida. Cuando la reconoció, se quedó sin aire y prácticamente sin sentido.

    El médico urgió a la policía para que le quitara las esposas a Andrés e intentó reanimarlo. Lo colocaron en la camilla, pero cuando lo llevaban hacia la ambulancia se repuso y buscó de nuevo a Eva. Saltó y corrió a abrazarla, a ella y a Andresito.

    -¿Creí que os habían matado? – dijo tomando las mejillas de Eva y apretando su frente contra la de la mujer – De veras, cuando he visto las noticias…

    -La policía nos cuidaba – respondió ella.

    Andrés besó a Eva. Fue un beso breve y tierno. Fue una necesidad imperiosa, un deseo irreprimible, otra locura de las que se había jurado que no volvería a cometer. Ella apoyó su cabeza sobre el pecho de Andrés cuando se separaron.

    -¿Podemos volver a casa? – dijo Eva.

    -Sí.

    Andrés tomó en brazos a Andresito y también le besó en la frente.

    -Lo sabes, ¿verdad? – preguntó mirando fijamente a Eva.

    -¿El qué?

    -Que te quiero.

    El hombre puso rumbo hacia su casa. La muchedumbre dejó escapar un ‘ohhhh’ enternecida. Eva se sonrojó, clavó la mirada en el suelo y sonrió mientras seguía a Andrés.

     

     

    La Policía Nacional buscó para Andrés y Eva un escondite donde poder ocultarse durante un tiempo para prevenir posibles ajustes de cuentas. Encontraron una masía en el Pirineo gerundense donde se les ofreció trabajo a cambio de alojamiento. Con El Liche y los magrebíes pendientes de juicio se sentían seguros, pero, a pesar de todo, la policía continuó vigilando su casa mientras esperaban en momento de trasladarlos a la masía.

    Ni Andrés ni Eva retomaron el tema una posible relación. Vivían juntos y el amor estaba implícito en cada una de sus conversaciones, en los gestos, en las miradas furtivas y en las miradas conscientes. Pero era un amor silencioso. Dormían juntos, se despertaban abrazados y se repartían las tareas de la casa y el cuidado de Andresito, pero no hablaban de sus sentimientos.  

    La policía no indagó sobre los orígenes del niño, dando por sentado que se trataba del hijo de Eva. Aquello concedió una tregua a la pareja antes de volver a plantearse un futuro sensato para el niño.

    Cuando llegó el día de marcharse hacia la masía, una maleta liviana bastó para guardar dentro las pocas posesiones del trío. La salida estaba prevista para el mediodía, pero llegó la tarde y la policía se disculpó diciendo que les ocupaban asuntos más urgentes y que no saldrían hasta el anochecer.

    -Hoy en las noticias ha salido El Liche – dijo Eva – Hacía mucho tiempo que no le veía.

    Andrés se encogió de hombros. Aún se estremecía cuando recordaba la aventura de días atrás.

    -Voy a salir a comprar algo de merienda.

    -Sería mejor que compraras también algo de cena. Creo que hoy no saldremos para Girona. La policía no parece que ahora tenga mucha prisa.

    El hombre asintió y salió de casa. Bajó las escaleras y salió a la calle pensando que, después de todo lo vivido, por fin era feliz. Tenía a Eva y a Andresito; una nueva vida y un nuevo trabajo que, quizás, pudiera prolongar para no tener que regresar a Barcelona. Ver crecer a Andresito en medio del campo le resultaba una idea hermosa, casi bucólica. Era un final feliz para su historia de terror.

    Andrés escogió para la cena una pizza y para la merienda chocolate deshecho y una ración de churros finos. Sonreía mientras regresaba a casa. De hecho, no había dejado de sonreír desde que Eva resucitara y los tres volvieron a vivir juntos. Había pocas cosas que le preocuparan en aquellos momentos.

    De vuelta con la comida, Andrés se encontró por el camino a un mozo conocido de Mercabarna. Le ofreció unos churros y se pusieron a charlar distraídamente.

    -¡Han detenido a El Liche, tío! – dijo el mozo.

    -Lo he visto en la tele – respondió Andrés – Joder la que le puede caer.

    -Ya ves. Aunque dice que conoce a policías y también tiene un montón de pasta.

    -Pues saldrá pronto entonces.

    Andrés notó un pinchazo. Un dolor agudo, que se repitió. Primero a la altura de los riñones, después, de los pulmones. Miró a su amigo, éste le asestó otra puñalada en el estómago. Mientras caía, vio huir a los que le habían asesinado.

    -Saludos de El Liche – dijo uno de ellos, pero no le dio importancia.

    Tendido en el suelo, Andrés pudo ver que el borbotón de sangre que había estallado en su estómago se le derramaba también por la boca y se mezclaba con el chocolate deshecho. Consiguió tenderse boca arriba e instantes después su cabeza perdió su voluntad y cayó laxa.

    Andrés pensaba que la felicidad le había al fin llegado cuando se resolvió todo el asunto de los alijos. Pero si todo había salido bien, ¿por qué diablos él había muerto?

     

    August 09

    Las alas del ladrón (XIII)

     
    XIII-Desvelos

    La policía dejó a Andrés en libertad al mediodía siguiente. Mientras regresaba a su casa, parecía un ateo que acabara de vérselas cara a cara con Dios, andaba ido como el único superviviente de una tragedia. Era el privilegiado tocado aquel día por la fortuna esquiva.

    Igual de estupefacta lo recibió Eva cuando llegó a su casa. Lo miró primero como si toda la luz del mundo hubiera entrado con él de improviso y no pudiera mirarlo, después, como si fuera una mofa de su imaginación, y, finalmente, lo abrazó como si no fuera a soltarlo nunca más.

    Pero en aquel momento, Andrés no fue capaz de devolverle el gesto. Se mantuvo inmóvil, desconcertado; tembloroso como si, en cualquier momento, la policía fuera a recapacitar y a aparecer por la puerta para llevárselo de nuevo. Por eso tardó tanto en percatarse de que Eva lo estrechaba y mucho más en que lloraba mientras también reía. Entonces, tomó plena conciencia de su suerte y la abrazó sintiendo que, igual que ella, sólo podía llorar de felicidad.

    Se sentaron en el colchón y todavía se miraron durante un tiempo sin concederle importancia a las explicaciones. Andresito dormía ajeno a aquel cúmulo de emociones.

    -¿Te has escapado? – preguntó Eva, al fin.

    -No – respondió Andrés – Me han soltado.

    Sonaba absurdo.

    -¿Cómo?

    Andrés miró a Eva como si le planteara un ejercicio de imaginación y credulidad. Incluso él tuvo que detenerse a recordar lo que había ocurrido durante las horas que estuvo en la comisaría para conseguir una explicación razonable.

    -Les expliqué qué hacía por las noches, les hablé de El Liche, de las nuevas entregas. Ni siquiera les di tiempo a que me preguntaran, lo canté todo y no sé si me escucharon – dijo Andrés – Me trataron bien, me dijeron que iba a tener suerte porque se ve que, aunque llevan tiempo detrás de esos traficantes, no han conseguido dar con ellos. Dicen que si delato a El Liche y consigo decirles dónde están los moros me dejarán en paz, que no me meterán en la cárcel.

    Andresito se despertó mientras la pareja intentaba hacerse a la idea de lo que podía suponer traicionar a una banda de traficantes de droga. Gateó por el colchón como si trepara hacia ellos y se zambulló entre las rodillas de Andrés. El hombre lo cogió y lo acomodó entre sus brazos. Cuando lo miró, se estremeció como si se le acabara de romper el alma.

    -Nada ha salido como esperábamos – dijo, acariciando los cabellos del niño – Si no acabo en la cárcel me matará El Liche o los moros. Maldita sea mi mala cabeza. Yo sólo quería dároslo todo. Las cosas no se pueden hacer como yo las hago.

    Eva apoyó su cabeza sobre el hombro de Andrés.

    -Ahora, ten cuidado.

     

     

     

    Pero llegados al extremo en el que primero su mala cabeza le había puesto en manos de la policía y después en el bando contrario al de El Liche, Andrés no temía únicamente por su vida. Aquella nueva situación ponía a Eva y a Andresito en el punto de mira en el caso de un probable ajuste de cuentas, por lo que preservarles de todo mal se convirtió en su preocupación más urgente.

    Andrés optó por la solución más drástica y empleó una parte del dinero que había ganado con las entregas para alquilar un piso en el extremo más alejado de Barcelona. Allí llevó a Eva y a Andresito y se despidió de ellos hasta que se resolviera aquel asunto o hasta que le mataran. Les prohibió que le visitaran, que le llamaran por teléfono, incluso que pensaran en él. Planteó un ejercicio de olvido mutuo difícil de sobrellevar pero totalmente necesario. Fue drástico y se le hizo insoportable. No hubo día, no hubo hora, minuto ni segundo en el que Andrés no pensara en Eva y en Andresito, en el que tuviera que luchar contra el impulso de ir a la casa o visitar la calle con la leve esperanza de verles. Se entretenía pensando qué podían estar haciendo en cada momento y se preocupaba cuando El Liche hacía cualquier referencia a la mujer. No siempre lograba tranquilizarle el hecho de saber que la policía la vigilaba igual que le vigilaba a él, y cuando los agentes le demandaban información sobre los traficantes, sólo pedía a cambio que no dejaran de custodiar la casa donde había ocultado a la mujer y al niño.

    Andrés también alquiló otro piso para él y abandonó la ratonera donde había estado viviendo. Pensó que le haría ganar tiempo en el caso de que El Liche o sus socios magrebíes se enteraran de que estaba vendido a la policía y fueran en su búsqueda. No obstante, no se alejó mucho de su viejo hogar. Abandonó El Raval y se instaló en el Gótico, donde ni su aspecto ni su vida podían delatarle a ojos de vecinos con vidas tan conflictivas como la suya, todos fieles a la filosofía de supervivencia del ‘ver, oír y callar’.

    Se efectuaron las últimas entregas y El Liche comenzó darle a Andrés detalles de la nueva operación. Conforme le iba explicando su tarea, el hombre fue sintiendo que, progresivamente, su vida perdía valor. El Liche le enviaba directamente a la boca del lobo y comprendió que le confiaba aquel encargo porque él mismo no se atrevía a jugarse el pellejo. El trabajo era tan simple como ir a buscar la droga a casa de los proveedores para llevársela a los distribuidores. Pero, ¿quién podía asegurarle que una vez finiquitado el asunto los moros no iban a finiquitar también a posibles delatores?

    Todo lo que El Liche le contaba, Andrés se lo revelaba a la policía esperando que, llegado el momento, realizara un espectacular despliegue policial y desmantelara ambas bandas antes de tener que realizar ninguna entrega. Pero los planes fueron avanzando sin que ocurriera nada hasta que llegó el día de ir a buscar el primer alijo.

     

     

     

    -¿Sabes las direcciones? – preguntó El Liche.

    -Sí.

    -¿Sabes dónde están las calles?, ¿cómo se llega?

    -Ajá.

    -No vayas hasta las once de la noche. Es la hora acordada.

    -Ya.

    -¿Sabes lo que tienes que hacer? Te pillas la droga y se la llevas a los otros.

    -Sí.

    -No la jodas, Petas. La pillas y se la llevas a los otros – insistió.

    -Sí, Liche.

    -Hay mucha pasta en juego.

    -¿Qué coño quieres que haga con la droga? ¿Crees que me la voy a esnifar o que la voy a vender? Joder, aún aprecio mi vida y no quiero tratos con esos moros, así que mucho menos, líos. Estoy acojonado con todo este asunto, Liche. Sólo quiero que pase, ¿de acuerdo? Cogeré la droga, haré las entregas y me olvidaré de toda esta mierda. Fui un gilipollas y ahora estoy metido en esto hasta el cuello, pero llegaré hasta el final. Deja de agobiarme de una puta vez.

     

    En el piso de los traficantes había cinco hombres y todos estaban armados. Cuando Andrés entró lo encañonaron, le registraron y le guiaron hasta el comedor de la casa. No supo distinguir quién era el cabecilla. Ninguno parecía más que otro; todos vestían ropas semejantes, todos seguían cada uno de sus movimientos con pistolas idénticas, todos lo miraban con el mismo recelo y presumiblemente con la misma hambre de sangre. Tuvo la sensación de que aguardaban cualquier movimiento sospechoso para acribillarle, por eso se quedó muy quieto allá donde le habían indicaron los hombres.

    Al poco tiempo de estar esperando la entrega, temblando en aquel cuarto de pistoleros, una mujer salió de una habitación con una mochila que dejó sobre la mesa del comedor. Le sonrió amablemente mientras regresaba a la habitación de donde había salido. Tras la puerta, Andrés a penas pudo distinguir una cama y varias piernas masculinas y femeninas. Cogió la mochila y se marchó.

    Andrés se aseguró de que no le seguía nadie antes de llamar con su móvil al número de contacto que le había facilitado la policía. Le explicó lo que había visto, dónde estaba la casa y cuántos hombres había dentro. También les dijo que llevaba consigo el alijo. Esperaba que le dijeran que rápidamente fuera a reunirse con ellos para darles la droga y que aquella misma noche llevarían a cabo la redada que acabaría con la detención de los traficantes y de El Liche, pero sólo le dijeron que continuara con su encargo.

    Andrés estaba completamente aterrorizado; tanto que primero olvidó la dirección donde tenía que llevar la droga, y, después del lapso, vomitó en el portal del edificio donde le esperaban. Su ofuscación llegó a tal extremo que confundió de puerta y a su llamada respondió un niño de corta edad que lo miró con desconcierto.

    -Mis papás no están – dijo el niño -¿Quién eres?

    Tras él se abrió otra puerta del rellano. Andrés se volvió levemente y reconoció al joven magrebí con el que coincidió aquella noche en la plaza cuando llegó tarde con la entrega. Pidió disculpas al niño y entró en la otra casa preguntándose si le matarían por aquel despiste.

    Allí había otros siete hombres armados. También le registraron, pero no le apuntaron con sus pistolas. Lo condujeron hacia la cocina del piso donde un hombre de medina edad y aspecto desaliñado estaba cenando mientras veía la tele. A pesar de la aparente calma que lo rodeaba, Andrés continuó sin sentirse cómodo ni con el pellejo a salvo.

    -¿Te apetece comer algo?, ¿beber algo? – preguntó el hombre apartando por un momento la vista de la televisión, con un español casi perfecto.

    Andrés notó que su ofrecimiento le valió para estudiarle. Rechazó su invitación haciendo acopio de voluntad para articular un ‘no, gracias’ y evitó mirarle.

    -Revisad la mochila.

    Un tirón le arrancó la bolsa de los hombros. Andrés continuó sin moverse y con la vista pendiente de las baldosas del suelo mientras escuchaba tras él el sonido de la cremallera y del papel de embalar desgarrándose. En aquel momento, pensó que no había revisado el contenido de la mochila cuando salió de la otra casa y que en su interior tanto podía haber estado la droga como un puñado de piedras.

    ¿Y si era así?, ¿y si aquellos no habían cumplido su parte del trato y lo habían utilizado para burlarse de estos? Andrés casi se desmaya cuando escuchó que todo estaba en orden.

    -Hasta la próxima – dijo el cabecilla.

     

    La siguiente entrega siguió el mismo modus operandi. Las mismas direcciones, los mismos hombres en ambas casas, el mismo procedimiento. Cuando fue a llevarse a cabo la tercera entrega, la policía le comunicó a Andrés que había llegado el momento de actuar.

    Andrés recibió el alijo de manos de la mujer de siempre y abandonó la casa escoltado por los cañones de las armas del resto de esbirros. Una vez fuera, a medio camino, se reunió con la policía y se desentendió de la mochila y de todo aquel asunto. Tal y como habían acordado, regresó a su casa y se metió en la cama tapándose hasta la cabeza. Durante toda la noche esperó que un grupo de magrebíes ultrajados echaran la puerta abajo y lo acribillaran. 

    July 24

    Las alas del ladrón (XII)

                                                           Fin

     

     

    Durante la cena se permitieron el lujo de creerse felices. Compartieron tallarines tres delicias, cerdo agridulce, risas y demasiados sueños; y cuando llegó el licor de jazmín, el camino dorado por el que discurriría el destino de Andresito había quedado trazado de un modo que incluso parecía factible. La guardería a la que acudiría, la escuela, la profesión que escogería, su imparable ascenso, su gran sueldo, su buen piso, su envidiable coche, su pareja, incluso la raza de su perro; y también hablaron de los nietos de Andrés y Eva.

    En aquellos planes para el niño la pareja crecía y envejecía unida. Aunque allá donde Eva sólo fantaseaba, Andrés confundía los anhelos con posibilidades y definía mentalmente las etapas que recorrería hasta irrumpir definitivamente en el esquivo corazón de la mujer.

    No pensaron ni por un momento en el dinero y el esfuerzo que requeriría hacer realidad todos aquellos delirios levantados entre risas y palillos de madera. Se limitaron a soñar, que es gratis, y a pensar que quizás la vida les sonreiría a partir de aquel momento.

    Pero la realidad esperaba pacientemente en la puerta del restaurante. En cuanto salieron a la calle, Andrés y Eva se miraron y se sonrieron con cierta resignación mientras deshacían aquellos castillos de aire. Eva llevaba a Andresito, dormido, acomodado entre sus brazos, y Andrés abrazó la mientras los acompañaba hasta casa. La calle, el edificio, el hogar y su vida miserables; y todas aquellas ilusiones que no congeniarían jamás con lo que eran ni con lo que pudieran llegar a ser por mucho que se esforzaran. Asimilando aquella certeza a pesar de todo lo que habían proyectado en el restaurante chino, Andrés besó a Andresito y a Eva en la frente antes de coger el paquete de droga de aquella noche y marcharse a arriesgar, de nuevo, su integridad, su libertad y tanto su futuro como el de aquellos a los que decía que amaba.

     

     

     

    La plaza Duque de Medinaceli estaba solitaria a aquellas horas como cada noche. Había un borracho dormido en un banco, pero Andrés no le prestó mucha atención. En la lejanía también se escuchaban las voces propias de la nocturnidad: ruidos de sirena, de discusiones aisladas, locales para sonámbulos, perros ladrando y gatos uniéndose a la serenata… Las ciudades como Barcelona desconocen la palabra silencio, incluso las farolas que rodeaban la plaza parecían zumbar luz en lugar de irradiarla.

    Andrés saltó la pequeña valla que rodeaba el jardincillo y caminó hacia el arbusto donde cada noche había dejado el alijo. Le dio la sensación de que la tierra de los alrededores estaba demasiado revuelta en aquella ocasión, pero pensó en un perro marcando su territorio y dejó el paquete donde siempre antes de volverse y salir del seto armándose de una indiferencia que pudiera hacerle creer a cualquiera que le viera que aparecerse entre unos arbustos en medio de la noche era algo de lo más natural.

    Saltó fuera del jardín y cuál fue su sorpresa al vérselas casi en brazos del borracho que poco antes dormitaba en el otro extremo de la plaza. Lo miró con fastidio, el mismo que se tornó preocupación cuando, de repente, descubrió a dos hombres apostados en cada uno de los extremos de la plaza, y a un tercero acercándose hacia él sujetando la correa de un rottweiler poco amistoso. Al observar con más atención al borracho que le cortaba el paso, descubrió sobriedad y una sonrisa ladina en su rostro, y comprendió que estaban esperándole.

    -Mierda – susurró antes de comenzar a correr sorpresivamente evitando a los desconocidos.

    Andrés consiguió llegar y adentrarse en las callejuelas que rodeaban Las Ramblas. Volaba, y le hacían de alas tanto el miedo a ser detenido como el desamparo en el que quedarían Eva y Andresito si se dejaba atrapar. Él era rápido y conocía muy bien hacia dónde conducía aquel enmarañado laberinto de calles, pasajes y callejones oscuros y poco hospitalarios. Pero sus perseguidores no eran menos hábiles ni menos rápidos, y se obstinaban en detenerle tanto como él en escapar. Andrés se iba escabullendo y creía a veces que les había dado esquinazo, pero entonces reaparecían escupidos por otras calles o cortándole el paso, como si supieran adelantarse a sus pensamientos. Hasta que, poco a poco, se fue agotando.

    Un grupo de personas que salía de una discoteca le brindaron a Andrés la oportunidad de zafarse de los que le seguían. Se infiltró entre ellos sin despertar demasiadas sospechas y se deslizó por un pequeño callejón donde quedó agazapado mientras recuperaba el aliento y veía bien escondido cómo aquellos hombres dispersaban a los trasnochadores buscándole.

    Al poco rato la calle volvió a quedar desierta, pero Andrés no salió de su escondrijo. Cada ruido mínimo lo anclaba en aquel rincón y le impedía moverse. Estaba convencido de que aquellos hombres eran policías y la posibilidad de que lo detuvieran lo anulaba completamente. Pensaba en Eva y en Andresito. También pensaba en El Liche y en cómo solventarían el haber sido descubiertos.

    Para evitarse alguna sorpresa nueva se planteó la posibilidad de dormir allí, en algún portal de la callejuela, pero temió preocupar a Eva y que ésta fuera a buscarlo a la plaza, donde, seguramente, habrían regresado sus perseguidores. De modo que se decidió a regresar a su casa con el corazón, su respiración y sus pasos atronándolo todo. O así se lo figuraba él por el modo en que lo ensordecían. Caminó despacio, buscando todas las sombras, estudiando y reconociendo todos los sonidos, deshaciendo sus pasos para esconderse si escuchaba cualquier voz, cualquier ruido de pisadas, cualquier sonido extraño. Temblaba de los pies a la cabeza, veía sombras donde no las había y voces donde sólo imperaba el silencio. Las rodillas se le doblaban a cada paso y llegó a pensar que no llegaría nunca a su casa a aquel ritmo. Pero el miedo mantenía su zarpa firme estrujándole el pecho.

    Cuando al fin llegó a su tétrica calle, aceleró el paso hacia su portal. Tan ofuscado por la alegría se encontraba mientras creyó que se había salido con la suya que no vio al rottweilen abalanzarse sobre él hasta que sus mandíbulas se cerraron en torno a su muñeca y el impulso lo derribó. En el suelo continuó sintiendo las dentelladas, pero un dolor y una angustia mucho más lacerantes le aplastaron la garganta y el estómago. Reconoció a los mismos hombres de antes a su alrededor. Salieron de las sombras como las pesadillas. Cuando las esposas le ciñeron las muñecas perdió el mundo de vista. No había errado: policías de paisano. Todo se volvió negro y como un loco comenzó a removerse y a gritar, incapaz de articular ni una frase coherente, de hacerse entender. Su pánico sólo le permitía llorar y babear gimoteando, lanzar al aire patadas y revolverse en cuanto sentía que aquellos cuatro hombres le tocaban. En seguida comenzó a notar también sus patadas y sus golpes pretendiendo que se calmara o bien que acabara inconsciente. Pero algo rebullía en su alma y le impedía dejarse atrapar. Era el amor que sentía por Eva y por Andresito, el pavor a lo que podría ocurrirles, la tristeza que le provocaba el pensar que les había perjudicado.  Yo, se decía, no puedo acabar preso. .

    -Dejadle, por favor. Le obligaron a hacerlo. No tenéis que detenerle a él. Los culpables son otros.

    Andrés recuperó la conciencia y el control sobre sí mismo en cuanto escuchó aquella voz susurrante y angustiada. Los golpes también cesaron, como las dentelladas del perro. Una vez más, todo fue Eva.

    La mujer, alertada por los gritos y el jaleo, había bajado a la calle guiada por una extraña intuición. Los agentes la miraron. Ella sostenía a Andresito entre sus brazos y miraba a Andrés con preocupación.

    -No os servirá de nada cogerle a él – insistió Eva, que se abrió paso entre los que rodeaban a Andrés y se arrodilló a su lado – Sólo es un correo, nada más.

    -Por favor, apártate – dijo un policía, intentando sujetarla por el hombro.

    Pero Eva se zafó y continuó junto a Andrés.

    -Quizás él pueda ayudaros a dar con los verdaderos narcos – añadió. Aquella idea, que expresada de otro modo hubiera podido sonar descabellada, pareció más que razonable verbalizada por la mujer – Usadle como topo, pero no le detengáis, por favor.

    Dos agentes ayudaron a Eva a incorporarse y levantaron también a Andrés. Se escucharon en las proximidades las sirenas de un par de coches de policía y lo arrastraron hacia donde apareció el vehículo policial.

    Eva se mantuvo quieta en el portal mientras veía cómo metían a Andrés en el coche, también cuando se alejó e incluso bastante tiempo después de que las sirenas dejaran de escucharse en la lejanía. Hasta que se convenció de que por mucho que lo deseara, Andrés no volvería la esquina de la calle.

    Subió de nuevo a la casa y acostó a Andresito. Ella se quedó sentada en el colchón hasta que la rozó el amanecer. Entonces, se dio cuenta de que llevaba horas llorando.

     

    July 17

    Las alas del ladrón (XI)

    Las alas del ladrón

     

    -Ésta es la última entrega – dijo El Liche mientras le tendía a Andrés una caja de zapatos y una bolsa – Doce bolsas, doce días. Todo ha salido de puta madre.

    -Sí – respondió Andrés.

    Estaban en el coche de El Liche, un homenaje a Camarón de la Isla insultaba a sus altavoces potentísimos al sonar como un susurro que no molestaba a la charla de los dos hombres. Mientras guardaba la caja en la bolsa, Andrés intentaba disimular cierto nerviosismo que le hacía temblar las manos, buscaba el momento de decirle al camello que dejaría aquel negocio en cuanto terminara su tarea y, seguramente, también Mercabarna. El Liche, sin embargo, no se percató del agitado estado de ánimo de su peculiar mensajero porque, en aquellos momentos, preparaba dos porros. Le ofreció uno a Andrés y después encendió el suyo.

    -Querías pasta y has ganado pasta, ¿verdad? ¿Qué te dije?

    -Sí. Dinero fácil.

    -¿En qué te la has gastado?

    En nada. Hasta el momento los billetes obtenidos estaban escondidos porque cuando Eva desapareció todos los planes en los que quiso invertir aquel dinero ilegal se desvanecieron: la nueva casa y el futuro de Andresito. Encontrarla de nuevo y reconciliarse se convirtió en una prioridad que apartó su atención de casi cualquier asunto. Pero con Eva y Andresito en casa, teniendo algo parecido a una familia, sus prioridades habían vuelto a concentrarse en darle a su vida un giro y apoyarse en aquel colchón monetario mientras buscaba nuevas oportunidades legales que pudieran servirle para acomodarse él y acomodarlos a ellos. Y estos planes no podía compartirlos con El Liche.

    -Bueno, en algo de drogas, algo de alcohol y en muchas putas. Pero no de esas que te la chupan en una esquina. En putas de las buenas, ya me entiendes.

    -¡Claro! – respondió el otro – ¡Y ya verás cómo te lo pasarás a partir de ahora! Tengo otro negocio, quizás algo más arriesgado, pero mucho mejor pagado. ¿Qué me dices?

    Andrés dudó sólo por un momento, porque el dinero nunca deja de ser una sirena, pero se sobrepuso a la codicia.

    -No, Liche. Creo que no quiero continuar con estos temas de drogas, me dan mal fario.

    El Liche cerró las ventanillas del coche y le dio una larga calada a su porro. Volvió la mirada hacia Andrés con una sonrisa entre soñolienta y tramposa. Sus ojos empequeñecidos por el humo y sus intenciones le delataron que nada sería tan sencillo como un ‘hasta aquí he llegado’

    -No digas tonterías, Petas – dijo – Te estoy hablando de mucha pasta y a esta gente no se le puede dejar colgada así como así. Deberías saberlo. Me fío de ti y parece que ellos también están satisfechos con tu trabajo. Te quieren y yo también te quiero. No puedes abandonar.

    Andrés intentó mantenerse firme.

    -Tío, que no. No me gusta este tema.

    -Sabías dónde te metías. Sabes cómo van estos chanchulleos. Si estás dentro estarás dentro hasta que sea necesario. No te estoy dando a elegir. Renunciando les estarás diciendo a los moros que vengan a pegarte un tiro en la cabeza o que venga a dártelo yo. Tú sabes cosas y en estos negocios nadie se fía de nadie. Te está quedando claro, ¿verdad?

    -Claro.

     

     

    Tal y como lo había prometido, Eva no se marchó de casa de Andrés. El Liche había tardado en darle el último alijo y Andrés vio como los días transcurrieron sólo aparentemente apacibles. Para satisfacer a Eva volvió a fingir que no la amaba casi por encima de casi todas las cosas y Eva se esforzó en pensar que todo volvía a ser cómo antes del incidente de varias noches atrás. Se hablaban con naturalidad, habían hecho el amor cuando el instinto sexual había pasado por encima de cualquier otro sentimiento y ninguno de los dos volvió a desnudar su corazón ante el otro.

    Pero por mucho que se esforzaran en aparentar lo contrario, desde el momento en que aquella frase desconcertarte, aquel ‘te quiero’ incapaz de mantenerse por más tiempo en el silencio y expresado de un modo casi desesperado, rabioso y oprimido, se liberó arriesgándolo todo a la decisión de Eva, la relación entre ellos quedó tocada.

    Este cambio no se apreciaba en las palabras que se intercambiaban con aparente naturalidad, estructuradas con esmero antes de expresarlas persiguiendo evitar cualquier situación embarazosa o malentendido, optando por la banalidad como tema de discusión favorito; tampoco se percibían en los encuentros sexuales o en determinados gestos o guiños que hasta entonces habían sido habituales entre ambos. Sin embargo, sí se hacía patente en los roces fortuitos, cuando sin querer un dedo rozaba una mano, una mano un brazo o una rodilla se encontraba con otra ajena, o cuando una mirada espía se veía descubierta y entonces aparecía el estremecimiento y la electricidad, y la sangre golpeaba las sienes y las mejillas, y afloraban suspiros y se dejaba entrever la vergüenza y el azoramiento. Entonces, a Andrés le costaba creerse que Eva sólo experimentara amistad hacia él, sin embargo, se cuidaba de que aquel tema no saliera de nuevo a la luz aunque las palabras le quemaran en la lengua.

    Cuando El Liche frustró la intención de Andrés de abandonar sus negocios turbios, la felicidad y la falsa normalidad que lo envolvía se desvaneció y las orejas del lobo volvieron a asomar trayendo consigo imágenes de policías, juicios y presidio. Llegó a su casa preocupado y atormentado por los riesgos a los que también exponía a Eva y a Andresito, y se dejó caer en el colchón completamente desanimado. Eva no tardó en percatarse del nerviosismo que agitaba a su amigo, y se tumbó a su lado envolviéndolo en un abrazo.

    -¿Qué pasa? – preguntó.

    -Es El Liche – contestó Andrés, sin ánimo de inventar excusas – Me ha dado el último alijo. Y un nuevo encargo.

    Andrés sintió en su nuca el aire cálido del suspiro que dejó escapar Eva. Ella aflojó su abrazo, pero en su lugar apoyó la barbilla sobre su hombro y ambas mejillas se acariciaron.

    -Ya sabías dónde te metías. Ni el contrabando ni El Liche son cosas para tomárselas a la ligera.

    -Casi me ha amenazado de muerte. ¡Pero me asusta continuar con todo esto!

    Andrés se volvió y no pudo evitar atrapar el rostro de Eva entre sus manos. La contempló como si ella fuera el único recodo de paz que quedara en su universo y la hubiera besado de no ser porque sabía que, en aquellos momentos, hubiera sido una estupidez.

    -Me da miedo que me detengan – prosiguió – No quiero que me metan en la cárcel ni que vengan a casa en busca de droga y se lleven a Andresito a un centro de servicios sociales, ni que por mi mala cabeza puedan detenerte a ti tomándote por mi cómplice. Yo no soportaría que nada os pasara a ninguno de los dos, es como si fuerais mis alas, lo que me permite aún mirar la vida con cierto optimismo, sois mi cordura, lo que me anima a levantarme cada mañana. Y si os pasara algo…

    Fue Eva quien le besó, aunque Andrés no supo averiguar ni la finalidad ni la intencionalidad de la mujer al rozarle por un momento con sus labios. Ella le acarició la frente y los cabellos y él sólo sintió que cada vez se arrepentía más y más de haber acudido a El Liche.

    -Tendrás que llegar hasta el final – dijo Eva – Quizás el nuevo asunto de tu amigo sea algo rápido y después se olvide de ti. Ánimo.

    La mujer se incorporó e instó a Andrés a que la imitara. Arrancó a Andresito de sus juegos con un peluche y se lo echó en brazos antes de caminar con aire risueño hacia la salida de la casa.

    -¡Salgamos a cenar! – propuso – ¡Vayamos a un chino! Me muero por unos tallarines.

    Miró a Andrés y sonrió como sólo ella sabía hacerlo, ofuscando todo lo que de duro y desdeñable tenía el mundo. Bastó el brillo de su sonrisa para que dejara de pensar en El Liche, en sus encargos y en toda la mierda en la que había acabado sumergido. Se sintió aliviado y no discutió la propuesta de Eva. Se olvidó, durante unas horas de todo, no se preocupó por nada, y ni por un momento, pudo imaginarse la sorpresa que le deparaba aquella noche.

     

    July 02

    Las alas del ladrón(X)

    Confesiones

     

    Cuando al fin Andrés consiguió arrastrar a Eva hasta el piso, la arrojó sobre el colchón con toda la rabia que le ardía en las venas, tragándose el impulso de gritar, la necesidad de llorar y, en su desconcierto, el deseo de abrirse la cabeza contra cualquier pared. De todo el cúmulo de sensaciones que experimentaba, de la marejada de pensamientos, de sentimientos, ninguno alcanzaba a tener coherencia, y era incapaz de discernir si sentía frustración, asco, furia, pena, sorpresa o desencanto, de modo que, por una vez, decidió pegar su espalda contra el muro, resbalarse hasta el suelo y calmarse antes de mover un músculo o articular una palabra.

    La vieja, que no sabía si reír después de demostrarle a Andrés que no mentía cuando le advertía del mal camino que había tomado Eva o lamentarse por el estado que presentaba la mujer cuando él la tiró a sus pies, optó por preocuparse por la alterada joven. Eva se cubría la cara con sus cabellos desordenados mientras se arañaba las mejillas y sollozaba atacada por una vergüenza corrosiva.

    -Lárgate.

    Andrés se incorporó y también lo hizo la anciana. Se miraron como si se encontraran en extremos opuestos de un ring y la vieja se interpuso entre Andrés y Eva cuando éste intentó acercarse a ellas.

    -Estás loco si piensas que os voy a dejar a solas.

    -No me toques los cojones.

    Andrés cogió a la prostituta y con una violencia excesiva la echó de la casa. Comenzó a gritar la mujer, que tropezó y cayó. Algunos vecinos se asomaron alarmados al rellano, temerosos quizás de ser sorprendidos por una brigada de narcóticos, de inmigración, pedofilia o por miembros de bandas rivales buscando un ajuste de cuentas.

    -¡Llamaré a la policía! – chilló la vieja.

    Uno de los treinta nigerianos que malvivían en el piso patera subió las escaleras y se preocupó por el estado de la vieja prostituta mientras se apresuraba a terciar en aquel litigio con tal de mantener lejos a los representantes del orden y al fantasma de la deportación.

    -Calma, calma… Policía no, policía no – fue repitiendo.

    -¡Ten huevos! – gritó Andrés a la prostituta antes de cerrar con un portazo.

    -Calma, por favor, por favor… Tú calma, policía no, policía no llamar – se escuchaba desde el rellano.

    Pero a pesar de aquella tensión, no había más que preocupación en la cara de Andrés cuando se acercó a Eva. Andresito no se había dejado perturbar el sueño por los gritos y dormía plácidamente en un extremo del colchón. El varón se sentó junto a la Eva y quiso apartarle los cabellos del rostro y alzarle la barbilla, pero ella se removió sin dejarse descubrir.

    -Tranquila – susurró Andrés – Sólo quiero hablar contigo. Cálmate.

    Fuera, todavía se oían las amenazas de la vieja y las súplicas del nigeriano, al que se le habían unido algunos compañeros de ratonera; a través del agujero en el techo se veía la luna grande y redonda, pero el mundo de Andrés y toda su atención habían quedado reducidos a Eva. Sin embargo, cuanto más intentaba calmarla, más nerviosa se ponía ella, y se agitaba evitando su contacto y continuaba arañándose la cara manchada de gelatina blanca. Su congoja por la mujer se disparó cuando vio cómo se metía varios dedos en la boca tratando de provocarse el vómito.

    -Para ya, joder.

    La cogió por las muñecas y contuvo la febril tarea de autolesionarse que llevaba a cabo. Inmovilizó a Eva aplicando el peso de todo su cuerpo sobre el de ella y pretendió calmarla susurrándole al oído y besándole la frente, aspirando el aroma de los fluidos viriles de aquel que esperaba tuviera la cara rota después del puñetazo. Pero Eva sólo sabía llorar y gemir. Se provocaba arcadas haciendo fuerza con su estómago y su garganta, pero no conseguía escupir nada, salvo ruegos pidiendo a Andrés que la dejara en paz. Finalmente, sus propios nervios la agotaron, y se quedó dormida. Entonces, Andrés se incorporó y haciéndose con una botella de agua, llenó una olla y con unos kleenex comenzó a limpiar de semen el rostro y los cabellos de Eva. Nunca hasta aquel momento se había percatado de cuánto y cuánto la quería.

     

     

    Llegada la mañana, cuando Eva se despertó, lo primero que vio fue a Andrés dormido a su lado. Retenía su mano entre las suyas, apresándola con ternura. La expresión de su sueño era agridulce, las sonrisas pasaban a muecas de preocupación e incluso de dolor y se removía revelando inquietud e imágenes que le turbaban el ánimo. Entonces, su pulgar acariciaba la piel de su mano y volvía a calmarse durante unos instantes. Eva suspiró e intentó liberarse de aquella caricia, aunque la reconfortara. Sentía que no merecía ni aquel ni ninguna otra clase de cariño, porque experimentaba una sensación de asco y desprecio hacia su persona que casi le habían quitado las ganas de vivir. Pero como si le estuvieran arrancando algún miembro de cuajo, un brazo, una pierna, como si le estuvieran arrancando la piel, Andrés se despertó en cuanto sintió que la mano de Eva se le escapaba. Abrió los ojos soñolientos y se topó con los sorprendidos y avergonzados de la mujer, que inmediatamente se soltó y le dio la espalda.

    -No preguntes nada, ni cómo, ni durante cuánto tiempo, cállate, no digas nada – dijo – Al fin y al cabo, tú eres también el que se ha metido en un asunto de drogas por Andresito.

    Andrés se despertó de golpe y pasó sobre Eva para encontrarse de nuevo con sus ojos. Pero la mujer volvió a girarse.

    -¡Pero a ti nunca te ha importado el dinero! Y ya sé que estabas enfadada conmigo por aquello que pasó, pero tienes un montón de amigos y de conocidos, ¡no lo necesitabas! ¡No tenías que llegar a este extremo!

    Eva tardó un rato en responder, cuando lo hizo, había lágrimas en sus palabras.

    -Es el inconveniente que tiene el amor, que siempre tienes la sensación de que no das lo suficiente y todo lo que das te parece poco.

    Andrés nunca había visto llorar a Eva. En realidad, conocía de la mujer poco más que su despreocupación y su risa, por eso el alma se le hizo pedazos a ver que finalmente también la rozaban la pena y la intranquilidad, tribulaciones propiamente humanas de las que ella siempre había sabido mantenerse ajena. Miró a Andresito, que había sido desplazado a un extremo del colchón como si se tratara de una almohada y que se había despertado. Como si fuera consciente de que no era el momento de reclamar la atención de los dos adultos, se chupaba uno de sus pies mientras seguía con la mirada las motas de polvo que flotaban sobre él y a las que el sol que se filtraba por el hueco del techo había dotado de un resplandor dorado. Por unos instantes, Andrés responsabilizó al niño de la trágica caída de Eva, y sólo por un instante fugacísimo lo odió, pero esto fue antes de comprender que había sido él quién había llevado al niño a casa y él quien no había podido evitar que aquella situación se le escapara de las manos. Él había sido quien había arruinado la magia y la felicidad de Eva.

    -Dime algo – la mujer interrumpió las cavilaciones de Andrés en el momento preciso en el que se zambullía en una demoledora espiral de culpabilidad y remordimientos –, ¿por qué?, ¿a ti qué te importaba? Esa rabia tuya…, ¿por qué no nos dejaste en paz? No iba contigo.

    Andrés volvió a pasar sobre ella buscando una conversación frente a frente, y la sujetó por los hombros cuando Eva quiso volver a interponer a su espalda entre ambos; aún así, mantuvo la mirada perdida. Quizás fue en aquella indefensión donde Andrés encontró el valor necesario para arrancarse el corazón y extendérselo a Eva.

    -¿De veras nunca has llegado a sospechar que yo te quiero? Estoy enamorado de ti.

    La mujer se encogió sobre el colchón como si se le hubiera llenado la sangre de electricidad. Acudieron de nuevo las lágrimas y apretó los ojos moviendo la cabeza negándose aceptar lo que acababa de escuchar.

    -Creí que había quedado claro – murmuró.

    -¡Y está claro! Pero no he podido luchar contra ello. Eva, te quiero, no he podido evitarlo. Es imposible no quererte.

    -Andrés, cállate, no digas eso, eres un idiota.

    -¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué nosotros no podemos y otros sí?

    Entonces Eva se incorporó en la cama hasta quedar de rodillas y encarada a Andrés. Había desaparecido la fragilidad, se habían esfumado la confusión y las lágrimas, pero no para dejar paso a la añorada alegría y la lejana despreocupación. En su lugar, apareció la burla y el desdén.

    -Porque los dos somos unos desgraciados, Andrés. Porque yo puedo reírme de mi desgracia y tú puedes reírte de la tuya, y cada uno sabe cómo sobrellevarla, pero juntos no soportaríamos la desgracia del otro y lo arruinaríamos todo intentando solucionarlo o fingiendo ser felices.

    -Eso no es así.

    -Cállate, Andrés, tú lo vez todo muy fácil, y eso sólo te sirve para cometer una estupidez tras otra.

    Eva hizo ademán de levantarse, pero Andrés consiguió retenerla una vez más. La sujetó primero por los hombros y después por las muñecas, aplicó su cuerpo sobre el de ella y la retuvo.

    -¿Qué vas a hacer? – preguntó.

    -Marcharme. Lo has fastidiado todo.

    -¡NO! Eva quédate. Ignóralo todo, como si no hubieras escuchado nada, como si esta bocaza mía se hubiera estado calladita. Hasta ahora todo ha ido bien y nunca te habías imaginado nada. Quédate, al menos hasta que solucionemos lo tuyo. ¡Sólo te ofrezco mi ayuda como amigo! Tú misma sabes que hacer de puta no va contigo. Unos días Eva, y buscaremos una solución. No lo veas todo tan negro ni creas que soy tan idiota.

    Ella se mordió los labios y miró a Andrés con desconfianza, aún así, no presentó batalla.

    -De acuerdo – dijo.

    Andrés sintió cómo la maraña de nervios que apretaba sus pulmones los liberaban.

    -¿No te marcharás?

    -No.

    -¿De verdad?

    -No, no me iré.

    -¿Cuándo vuelva de trabajar estarás aquí?

    -¿Qué te estoy diciendo? No seas pesado.

    El hombre le estampó un beso a la mujer en la frente y se incorporó con un salto. Su súbita alegría se contagió a Eva, que volvió a reír. Ella también se levantó y abrazó a Andrés.

    -¿Segura? – volvió a insistir él desde el umbral de la puerta.

    -Segurísima.

    -Hay dinero en aquella caja.

    -De acuerdo.

    -¿Hasta la tarde?

    -¡Lárgate de una vez, pesado!

    Andrés se marchó realmente feliz a pesar del fiasco de no verse correspondido. Eva se quedaba en su casa y aquel era suficiente motivo para considerarse el hombre más afortunado del mundo. Mientras tanto, Andresito consideró que había dejado durante demasiado tiempo sin acaparar el protagonismo y reclamó las atenciones de Eva. La mujer lo cogió en brazos y durante un rato continuó pendiente de la puerta por la que había desaparecido Andrés. Sonrió.

    -Debo de haberme vuelto loca.

     

    June 21

    Las alas del ladrón (IX)

    Y, efectivamente, Eva no regresó. No regresó al día siguiente, a lo largo de la semana, ni durante meses. Andrés no la encontró cuando siguió a la vieja prostituta, ni logró que ella le desvelara el lugar donde se reunían. No regresó a pesar de rogarle cada día a aquella intermediaria que hablara con Eva y la convenciera de que era necesario que volvieran a ver, ni atrincherándose en casa con Andresito y vocifeando que el niño sólo saldría si Eva venía a buscarlo.

    Ella no regresó, pero Andrés no se resignó a la pérdida. Cada tarde la dedicó a buscarla, cada noche después de la entrega espió la calle Rosic, cada mañana, mientras se dirigía al metro, llegó a verla en todas las mujeres que se cruzaba. Para entonces, había acumulado suficiente dinero para mudarse a un piso más digno y a una calle menos miserable, pero ni a aquello se atrevió por miedo a que Eva no pudiera encontrarles o aprovechara la oportunidad para desentenderse totalmente de ellos.

    La mujer se convirtió en una imagen, en su ausencia, obsesiva, igual que la idea de recuperarla. Cuando la vieja prostituta regresaba por la noche con Andresito, a veces, Andrés la invitaba a cenar y le preguntaba sobre Eva y le explicaba a la mujer cómo se sentía, cómo la necesitaba, cuánto se arrepentía y una y otra vez le pedía que terciara en una segunda oportunidad.

     

     

     

    -¡Pero cuéntale cómo estoy! – dijo Andrés una noche mientras compartía con la vieja una pizza - ¿Tú le hablas de mí? ¿Le cuentas cómo estoy? Pero, joder mujer, mírame, que es que ni duermo.

    -¿Y a mí que me cuentas? Jódete y búscate la vida.

    -¿Pero ella pregunta por mí, al menos?

    La anciana sonrió mientras le quitaba a su porción de pizza las rodajas de aceitunas. Andresito ya estaba dormido y Andrés había vuelto a olvidarse de comer a la espera de cualquier gesto piadoso de la prostituta. Pura fantasía. Sabía que su malestar divertía a la mujer tanto como el oírle lamentarse de su estupidez. Hacía tiempo que había comprendido que la vieja no le ayudaría a recuperar a Eva, pero también que era el único frágil eslabón que le mantenía en contacto con ella.

    -Cada día pregunta por ti, si es lo que quieres oír – respondió la mujer – Pero por ahora no creo que le importe una mierda lo que te pase.

    Andrés miró hoscamente a la prostituta, que continuaba disfrutando de la situación.

    -¿Por qué lo dices?

    La vieja hincó sus dientes en la masa de la pizza y se tomó su tiempo en contestar. El mismo tiempo que tardó Andrés en ponerse nervioso.

    -Hará un mes que se murió esa vieja que cuidaba por las noches. Y te digo que las cosas no le van bien desde entonces.

    Con los dedos se frotó el pulgar y el índice dando a entender que Eva pasaba por apuros económicos.

    -A ella nunca le ha importado el dinero. Desde que la conozco ha sabido vivir sin él.

    La vieja arrugó el rostro en una mueca que no otorgaba mucha validez a la pretendida despreocupación de Andrés por aquel asunto.

    -Antes no tenía a su cargo a un niño – respondió.

    -Yo te doy dinero todos los días.

    -Y ella no lo acepta. Me lo da a mí como honorarios.

    Andrés realizó un aspaviento que reveló cierta impaciencia ante aquella conversación. El brillo en los ojos de la anciana revelaba el golpe de gracia que como un as en la manga estaba esperando para descargar. Le irritaba aquella mujer y había llegado a odiarla casi tanto como ella parecía detestarle a él o quizás a todo el género masculino. Gozaba tanto con aquella tensión entre él y Eva como a él le quitaba la vida. De modo que Andrés decidió que no iba a consentirle el placer de hurgar en la herida por más tiempo.

    -Ves al grano y deja de marear la perdiz – gruñó, apretando los puños y los dientes como si se preparara para recibir un impacto - ¿Qué le pasa a Eva?

    La vieja se limpió la boca con la servilleta y volvió a mostrarle toda su dentadura malformada. Qué bruja.

    -Ella necesita dinero – murmuró mirándose las uñas largas, rojas y sucias – Tú mismo no le dejaste muchas alternativas a una mujer en su situación a la hora de ganarse la vida.

    Entonces Andrés comenzó a reírse sin permitir que la prostituta desarrollara aquella idea absurda. Se levantó y rápidamente se preparó para marcharse a entregar el alijo antes de que la mujer se afanara en torturarlo con falsedades.

    -Eva nunca, nunca haría algo así – dijo con rotundidad.

    -¿Y por qué no? – respondió la prostituta – A ti no te pareció ninguna estupidez cuando sospechaste de ella.

    -Yo soy un gilipollas y tú no conoces a ella.

    La mujer no le contradijo.

    -Pero sí sé qué es la desesperación y sé hasta dónde se rebaja un miserable.

    Andrés miró a la vieja con gravedad antes de salir por la puerta, quizás porque sabía que no había dicho ninguna tontería y sobretodo porque aquella última frase se había desnudado de cualquier intencionalidad hiriente. De repente, la mujer se quedó callada como si se hubiera encontrado en sus propias palabras y él se marchó no queriendo imaginarse a Eva en ellas.

    Y no lo hizo, porque nunca, ni siquiera cuando él se figuró a Eva vendida a otros, y le atacaron los celos, y se torturó durante días enteros con imágenes sórdidas y le corroyó la rabia mientras se le llenaba la boca de la palabra ‘puta’ y maldijo ese misterio que envolvía a las noches de la mujer sólo porque no sabía desvelarlo y su pobre imaginación no supo resolverlo más que convirtiéndola en una prostituta; nunca, a pesar de todo, incluso aunque cometiera la estupidez de haber acusado a Eva de ejercer el oficio más antiguo del mundo, se llegó a creer que se vendiera. Se lo impidió el corazón, que conocía bien a la mujer, que la sabía por encima de las muchas necesidades que corrompen y arrastran a verdaderas miserias a otros menos valientes e íntegros, y también la simple obcecación, la venda que él mismo se puso en lo ojos negándose a verla integrada en aquel mundillo. Por lo tanto, no sólo no creyó a su pérfida vecina, sino que desde aquella noche no le dirigió la palabra más de lo necesario, y sólo le permitió la entrada a su casa mientras estuviera cuidando de Andresito, y nunca volvieron a hablar de Eva por más que la mujer insistió en advertirle sobre el mal camino que había tomado. A cada palabra, a cada aviso, él se apretaba con más fuerza la venda de la obstinación e ignoraba a la vieja cuando acababa gritándole que tenía que ayudar a Eva. Y, en realidad, sabía que sus oídos sordos eran cobardía y miedo a vérselas con una realidad y una situación ante las que, una vez más, no hubiera sabido cómo actuar.

     

     

     

    Cierta noche, mientras Andrés daba de cenar a Andresito, llamaron a la puerta. Hacía días que no sabía de la anciana y muchos más que no pensaba en Eva. A la espera de un nuevo alijo de droga, El Liche le había dado un par de semanas libres y él fingió una lesión para coger la baja laboral y dedicarle por entero aquellos días a Andresito. Tanto disfrutó del niño que se olvidó de la mujer, y de nuevo volvió a plantearse la idea de mudarse a un piso más grande, de falsificar papeles y buscar una buena guardería, un buen colegio y después la mejor universidad.

    Al escuchar los golpes en la puerta pensó inevitablemente en Eva, aunque a aquellas alturas se hubiera echo a la idea de no volver a verla. La había buscado algunas tardes intermitentes y todas las noches sin ningún éxito, tanto para intentar una conciliación como para quitarle validez las palabras de la vieja, pero no la había encontrado. La batalla contra la resignación ante la pérdida de Eva le resultaba complicada, pero Andresito le había brindado un consuelo y una calma que le había permitido sobrellevar aquella pena con cierta dignidad.

    Andrés abrió la puerta y quiso cerrarla de nuevo en cuanto vio a la vieja prostituta, pero ella logró colarse antes dentro del piso.

    -¡Déjame el niño y ve! – dijo sin dejarle al hombre articular palabra – Rodea La Boquería. ¡Vuela!

    Y casi sin poder explicarse cómo, Andrés se vio en la calle corriendo hacia el mercado y sin saber hacia dónde dirigir sus pasos. Se aventuró por callejuelas y rincones mientras maldecía: Rodea La Boquería, rodea La Boquería, ¡cómo si esto fuera pequeño, maldita sea!. Buscó y prácticamente se abalanzó sobre todas las pareja que se encontró a su paso, pero sin dar con Eva.

    Fue de vuelta a casa, ya liberado de los primeros nervios, y convencido de que la vieja le había tomado el pelo, en cierta medida aliviado al no haber encontrado a Eva, cuando en un portal descubrió a un hombre y a una mujer besándose. Se acercó despacio sin llegar a reconocer a Eva en aquella figura tan delgada y desgarbada. Sin embargo, al agacharse ella hasta quedar de rodillas, mientras él se desabrochaba el pantalón y le acariciaba los cabellos largos y desordenados antes de empujarla hacia su miembro, un ligero y traidor haz de luz, el relámpago revelador de una farola que se fundió instantes después, le descubrió a la mujer que había estado amando durante años. Andrés aceleró el paso mientras se dirigía hacia ellos, consciente de que si en aquel momento hubiera tenido un cuchillo habría degollado, si hubiera tenido un revolver habría disparado y de que, al tener sólo las manos desnudas, iba a romperle el cráneo al cerdo que se trajinaba a Eva. En poco tiempo estuvo sobre ellos y Andrés tuvo plena conciencia del significado del dolor. Pero ellos no le vieron, él, con los ojos cerrados concentrándose en su éxtasis y Eva también apretándolos pero debido al asco y no al placer, afanada en acelerar sus movimientos para acabar cuanto antes con todo aquello.

    Entonces, Andrés tiró de la cabellera de Eva con la fuerza de quien se arranca su propia piel y ante sus ojos estalló todo el espectáculo de la miseria: la eyaculación del desconocido en la frente de la mujer, en su ropa, en sus labios enrojecidos por el roce. Golpeó al hombre con el codo en la cara notando cómo se hundía y deformaba su nariz, y le golpeó de nuevo escuchando el crujido de los dientes rotos, después, se llevó de allí a Eva arrastrándola del pelo; y mientras lo hacía, el grito que lo acechaba desde hacía minutos irrumpió con el rugido de un animal.

    Era más que la indignación y el asco, mucho más que el amor y la ternura ofendida, infinitamente más que el odio minucioso al mundo y sus habitantes, eternamente más que la rabia por la virilidad celosa pisoteada, más cegadora que la sangre agolpada en sus ojos.

    Hubiera preferido ser ciego y no verlo, sordo y no oírlo, indiferente hasta el hielo para haberlos dejado seguir en su comercio de saliva y semen; hubiera querido no haber salido jamás de su casa, no haber escuchado a la vieja, no haber dejado a Andresito a cargo de Eva ni que Eva se encariñara de él, no haber robado a Andresito, no haber hecho nada que le hubiera conducido hasta aquella situación. Y mientras arrastraba a Eva hasta su casa, apartándose los pocos transeúntes que encontró por aquellas calles, que decidieron no jugar a ser héroes aquella noche, acabó llorando y golpeándose la frente con su puño libre. Ni a un moribundo la muerte le duele tanto como a mi la vida, se dijo¸ ¿y ahora qué, Eva, qué vamos a hacer ahora?

     

    June 11

    Las alas del ladrón (VIII)

    Nunca más

     

    Andrés estuvo mucho tiempo sentado en el portal oscuro de la oscura calle Rosic con la última y severa mirada de Eva inamovible en su cabeza. Él veía sus ojos mientras desgranaba lamentos y lágrimas que acumulaban más rabia y despecho que pena o dolor. Recuperar a una mujer después de creerla y llamarla puta con la misma ligereza y despreocupación con que habría pronunciado su nombre. ¿Cómo podía o qué debía esperar Eva de él, tan falto de sensibilidad, imaginación y recursos, tan huérfano de inteligencia emocional? Era más fácil obtener el perdón de una roca malintencionada ubicada en medio del camino que hacer brotar de sus labios alguna fórmula de disculpa aceptable. Andrés podía arrepentirse y sentir, llorar, gritar, balbucir y golpear de pura rabia o de pura impotencia, notar la culpabilidad royéndole el estómago, a su falta de sensibilidad riéndose en su cara, pero sólo sabía pedir perdón una y otra vez, mil y una vez sin saber explicar qué le hacía lamentarse por su falta. Sin embargo, Andrés sabía que simplemente esa fórmula: ‘lo siento’, al igual que el ‘te quiero’ tan vapuleada, tan empleada a la ligera y tan vaciada de significado, no sería la que redimiría ante Eva a su corazón arrepentido.

    En el portal, Andrés gastó parte de la noche quejándose de su mala suerte después de aburrirse de su estupidez. El momento de abandonar la autocompasión para plantearse una salida al embrollo iba a quedar aplazado hasta que se cansara también de lamentarse de su infortunio. Y así anduvo, acomodado en las quejas, dejando entrar y salir a los inquilinos del edificio, mordiéndose los labios, estirándose de los cabellos y golpeándose con los puños en la cabeza hasta que en algún lugar, algún reloj anónimo, marcó las dos de la madrugada. En aquel momento, ni Eva, ni las disculpas, ni el arrepentimiento, ni nada que no fuera el alijo de droga que debería haber entregado. Se incorporó rápidamente y corrió por las callejuelas del gótico hasta Las Ramblas como si le fuera la vida en ello. Bajó por ellas y giró por el Paseo Colón. Cuando llegó a la plaza Duque de Medinaceli tenía los pulmones envueltos en llamas, pero que apenas alcanzara a respirar le preocupaba mucho menos que no haber hecho la entrega. Corrió hacia el cerco y lo saltó en el mismo instante en que otro joven surgía entre las palmeras con una expresión desencajada que no debía diferenciarse mucho de la suya. Era un chico magrebí bastante joven, pequeño, muy moreno. Estaba nervioso a juzgar por sus movimientos, por cómo temblaba, cómo miraba nerviosamente hacia la pequeña palmera y el hoyo donde desesperadamente había estado escarbando en busca del alijo. Tenía las manos manchadas de tierra, la cara y los cabellos de habérselos mesado con nerviosismo. Ambos se miraron reconociendo perfectamente la función del otro. Torpemente y forzando una sonrisa que casi se podría haber tildado de estúpida, Andrés sacó el alijo de su bolsillo y se lo tendió al joven magrebí, que rápidamente lo perdió en alguna parte de su cazadora. Incrédulos, pero aliviados tras concluir, a pesar de todo, satisfactoriamente el encargo de cada uno, salieron del jardincillo de palmeras y tomaron caminos opuestos como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar. Entonces, calmado y liberado, regresó Eva y la desazón en el pecho.

    Andrés no durmió y la vigilia fue el rostro decepcionado de Eva y sus palabras cargadas de cólera. Ni siquiera se sintió intimidado o amenazado al día siguiente cuando El Liche, completamente fuera de sí, lo lanzó contra un palé de tomates y le recordó entre gritos y amenazas que aquella tarea no era para tomársela a la ligera por el dinero que había de por medio. Si El Liche le golpeó no se dio cuenta, sólo dejó que se desfogara y después se  marchó presurosamente a su casa para no estar ausente cuando Eva regresara con Andresito. Qué iba a decirle o cómo iba a disculparse continuaba siendo un misterio. Aquellas largas horas desde que la dejara en la calle Rosic sólo habían sido lamentos y lágrimas. El perdón de Eva había dejado que quedara en manos de su capacidad de improvisación, lo que, conforme fueron pasando las horas hacia el crepúsculo, sólo sirvió para exacerbar su agitación y temores.

    Estaba sentado en el colchón de casa cuando escuchó en el rellano las risas de Andresito y pasos tras la puerta. Todos los nervios se le cayeron al estómago y comenzó a temblar. ¿Qué iba a decirle a Eva? La puerta se abrió y Andresito entró raudo y torpe, como siempre que intentaba correr a penas sabiendo caminar. Él continuó con la mirada pendiente en la entrada, con el martilleo del corazón ensordeciéndole, una horrible sequedad apretándole la garganta y la cabeza yerta de disculpas. Pero si los nervios rebullían en su estómago conforme iba abriéndose la puerta, se esfumaron y fue su ánimo lo que cayó al suelo y se hizo pedazos al ver entrar en el piso a la prostituta del primero. Entonces se incorporó, los nervios dejaron paso a la furia.

    -¿Qué coño está haciendo usted aquí? – rugió.

    -¡Eh!, tranquilito – respondió la mujer – Que yo sólo he hecho lo que me ha pedido esa mendiga amiga tuya.

    -¡¿Pero por qué no ha subido ella?! – gritó Andrés, volviendo a caer sobre el colchón.

    La prostituta reía entre dientes, disfrutando de aquella situación por el rencor acérrimo hacia el otro sexo que muchos años de profesión y tantos hombres en su cama le habían dejado hospedado en las entrañas.

    -Mañana también vendré yo a buscar al niño – dijo.

    Y Andrés acabó de derrumbarse.

    -¿Pero por qué no sube ella? – insistió.

    La mujer se inclinó sobre él y con su mano ajada y enjoyada le atrapó el mentón y tiró de él hasta que sus miradas coincidieron.

    -Porque dice… - murmuró de un modo casi inaudible – que no va a volver a verte. 

     

    June 04

    Las alas del ladrón (VII)

    Celos

     

    Pero las promesas son frágiles si el corazón es cobarde o conformista. Andrés no se plantó ante El Liche cuando éste le dio el primer paquete de droga y le explicó cuidadosamente qué debía hacer con él. Sabía que de haber planteado la menor duda, el menor esbozo de arrepentimiento tras haberse ofrecido para aquella tarea, el traficante no se habría limitado a comprender su repentina sensatez y a darle unas palmaditas consoladoras en la espalda, sino que se habría asegurado de que no hubiera forma humana de que revelara aquello de lo que le había hecho partícipe. Y el dinero, capaz de corromper lo incorruptible: ideologías firmes, personalidades robustas, espíritus indomables, era un canto de sirena para alguien tan básico, tan pedestre, tan hueco moralmente como Andrés, que con el primer paquete entre las manos, no más grande que una cajetilla de tabaco, pensó que, al fin y al cabo, aquel no era un trabajo tan arriesgado ni tan complejo.

    Las entregas debían hacerse en la plaza Duque de Medinaceli, cada noche, entre la una y las dos de la madrugada, en el mismo seto, en el mismo hueco, de lunes a jueves, mientras la ciudad se preparaba para la nocturnidad del fin de semana y hasta entonces el ir y venir de los sonámbulos alegres quedaba reducido a los distraídos pasos presurosos de los que sólo querían llegar a casa para dormir aguardando la jornada laboral del día siguiente. El único problema que se le planteaba a Andrés era qué hacer con Andresito durante aquel par de horas que él estaba fuera de casa. Y como no podía contar con Eva para aquella tarea, recurrió a la prostituta retirada que vivía en el primero y que no tuvo inconveniente en ayudarle a cambio de unos euros.

    Sin incidentes, el dinero comenzó a entrar en aquella casa miserable tal y como Andrés había previsto. Los proyectos y los cálculos se multiplicaron. Con los billetes en la mano, Andrés se olvidó del riesgo al que se exponía y al que exponía a Eva y a Andresito; contando euros no le importaba su origen ilegal, vislumbrando luz al final del agujero de miseria dónde había estado alojado sólo pensaba en llegar a más. Las incertidumbres en cuanto al futuro que podía darle a Andresito se esfumaron y comenzó a preocuparse por Eva.

    Ella había cambiado desde que se sentía al cargo del niño. Su despreocupación y alegría habituales se habían visto desplazadas por una entrega y una pasión que le restaban magia. Había establecido con Andresito los vínculos que establece una madre con su hijo, y ya no eran todo risas y carantoñas. Había inquietudes, serenidad, miradas de atención, reproches y constantes necesidades. No todo eran fiesta y parques. Había horas estrictas de comida y de sueño, horas de juegos y horas de calma. Ella educaba a Andresito durante el día y él le consentía por la noche, y entre ambos se iniciaron disputas y peleas que volvían irreconocible a Eva.

    Andrés, además, se percató de que la mujer también había comenzado a manejar dinero, veneno que nunca había querido. Le compraba al niño ropa, le compraba juguetes, le compraba lo que consideraba que le era necesario, mientras ella, más que nunca, aparecía miserable y dejada, aunque resplandeciera cuando abrazaba a Andresito, o lo besaba, o le peinaba los cabellos con el cepillo o jugaba a los aviones mientras le daba de comer. Andrés no podía dudar en cuanto al origen de aquel dinero, y si tocaba a Eva e imaginaba sobre su piel el roce de cualquier otra mano, la caricia lasciva de labios desconocidos, si buscaba y creía encontrar en la mirada de la mujer la vergüenza de sus noches y la pena por su dignidad amordazada por el intercambio de sexo por dinero, inmediatamente se le encendían las entrañas y se pasaba las horas envenenándose el corazón con imágenes que se le quitaban años de vida, paladeando la impotencia y la pena por no poder ni saber cómo retener a su lado a la mujer que él amaba sin que ella se dejara amar.

    Por ello, un atardecer después de que Eva hubiera bañado a Andresito en un gran cubo de plástico que le regalara un florista de Las Ramblas, le hubiera puesto el pijama, dado la cena y acostado, cuando se despidió hasta el día siguiente y besó a Andrés en la mejilla, un poderoso ataque de celos asaltó y venció al hombre e hizo que la retuviera entre sus brazos sin ningún deseo de dejarla marchar.

    -Andrés, ¿qué haces? – preguntó Eva, sorprendida.

    -Yo también puedo pagarte ahora – respondió él – Y seguro que mejor que nadie. No te vayas esta noche.

    -¿Cómo?

    -Pasa la noche conmigo.

    Entonces, Eva se revolvió entre sus brazos enfurecida al asimilar la insinuación de Andrés, pero él no la soltó.

    -¿Qué estás queriendo decir? – gritó ella, debatiéndose por separarse.

    -¡Que desde que te conozco no te he visto con un jodido euro y ahora, de repente…

    -¿Me estás llamando puta?

    Eva consiguió separarse de Andrés y se fue hasta Andresito, cogiéndolo y acomodándolo en el carrito.

    -¿Qué coño haces?

    -Crees que soy una puta; voy a demostrarte que aunque no tenga un maldito sitio donde caerme muerta, tengo más alternativas para ganar dinero que la de dejarme follar.

    Ella estaba furiosa y desconocida. Abrió la puerta de la casa y se cargó el carro bajo el brazo antes de bajar las escaleras. Andrés corrió tras la mujer comprendiendo que las estupideces comenzaban a formar parte de su vida de un modo alarmante.

    De las calles del Raval pasaron a las del gótico. Eva no quiso escuchar de Andrés ni una sola palabra, su rabia casi la hacía volar sobre el pavimento empujando el carrito, aprisionaba la cólera tras las mandíbulas apretadas y los puños crispados para evitar gritar de pura ira y ensañarse con el hombre.

    No muy lejos de la catedral y de Vía Layetana, en la calle Rosic, Eva caminó decididamente hacia una portería. Sobre sus cabezas pendía la luna y la ropa en los tendederos. La calle estaba oscura y tranquila. En el número 1, Eva pulsó un timbre y la puerta se abrió directamente sin que nadie contestara a la llamada. La mujer volvió a cargar con el carrito y subió las escaleras hasta el primer piso.

    -Hace unos meses una vendedora de la Boquería me comentó que una clienta suya buscaba a alguien que la acompañara y la cuidara durante las noches – dijo Eva deteniéndose ante una puerta con una pequeña estampita de Jesucristo pegada con celo sobre la mirilla – Me presenté y llevo con ella desde entonces. Primero como empleada y ahora casi como hija. Ella es quien me da el dinero y yo quien se lo cojo porque si no se ofende.

    Llamó al timbre y poco tiempo después una mujer de edad avanzada abría la puerta.

    -¡Ya pensé que no vendrías! – clamó la anciana – La cena se estaba enfriando.

    -Adelina, le tengo dicho que no encienda el fuego si yo o su hija no estamos.

    -Mi hija se marchó hace rato y tú no venías.

    La llamada Adelina se ayudaba de un andador para caminar, vestía una bata de felpa y unas zapatillas raídas. Hedía a ancianidad, como toda la casa, a recuerdos, a placidez y a indiferencia. Con sus ojillos entrecerrados y aburridos de haber contemplado la vida durante demasiado tiempo miró a Andrés y seguidamente a Andresito. Eva empujó el carrito dentro de la casa y cogió al niño, mostrándoselo a la anciana.

    -Mire Adelina, ¿recuerda que le he hablado alguna vez de él?, ¿sobre el niño que cuido durante el día?

    La mujer pareció dudar durante unos momentos, pero después asintió mientras alargaba una mano temblorosa y apergaminada hacia una mejilla de Andresito y se la pellizcaba.

    -Sí claro – respondió – Que niño tan guapo.

    -Esta noche se va a quedar con nosotras, ¿qué le parece, Adelina?

    -Qué bien.

    Eva le dio una patada al carrito que salió al rellano y que Andrés sujetó para que no rodara escaleras abajo. Intercambió una mirada venenosa con el varón, vencedora, pero sin perdonarle la humillación que le había hecho pasar.

    -¿Y él quién es? – preguntó Adelina.

    -Nadie – respondió Eva.

    Mientras cerraba la puerta, los ojos rabiosos de Eva y los desconcertados de Andrés se encontraron durante un instante.

    -Quiero de ti algo más que una disculpa – susurró la mujer. Después, encajó la puerta.

     

    May 28

    Las alas del ladrón (VI)

    De errores y soluciones

     

    Pero al abrirse de nuevo la puerta de aquel agujero llamado hogar a la alegría de Eva, al dejarle paso a la despreocupación infantil de Andresito, al iluminarse con todas aquellas sensaciones, positivas y apacibles, que inflan el alma de ánimo y el corazón de optimismo; cuando ellos regresaron y todo dejó de ser humillante y deprimente, y el dinero perdió su importancia existiendo aquella felicidad, humilde pero digna; entonces, al ver a la mujer y al niño, sólo entonces, Andrés comprendió que se había errado de nuevo.

    Lo material, que la noche anterior le pareció tan imprescindible, no dejó de serlo, pero perdió su urgencia. La necesidad y el deber de procurarle a Andresito todo lo que necesitara era un reto que podría haber conseguido con un trabajo a jornada completa sin necesidad de involucrarse en un turbio asunto de drogas, tan desesperado como si el niño fuera a crecer de un día para otro y a exigirle aquellos gastos que en aquel momento no podía permitirse. Y los hurtos y las drogas, que tan velozmente podían traer dinero a sus manos, también podían llevarlo a la cárcel por partida triple: por ladrón, por tráfico de drogas y por secuestro; y su inconsciencia, su impulsividad y su estupidez también podían salpicar a Eva, llevándola igualmente a juicio y presidio, y a Andresito, arrojándolo a cualquier centro de servicios sociales. Todo por actuar primero y pensar después, dejándose abierta sólo la puerta del arrepentimiento, como ocurrió cuando cogió a Andresito y se lo llevó después de que su madre volcara el carro, o cuando aquel mediodía se quedó fijamente contemplando a Eva mientras ella hablaba con los floristas de Las Ramblas que le regalaban flores. Pero a aquellas alturas y en aquellos momentos, de lo que Andrés más se arrepentía era de haberse puesto de nuevo al servicio de El Liche, y el saber que no podía romper su compromiso con él. ¿Dinero a costa de qué?, de la tranquilidad y de la calma, del anonimato y una vida digna y rutinaria como la de muchos. Hubiera vendido el alma a cambio de regresar unas horas atrás, de aceptar un mejor trabajo, de olvidar a El Liche, sus negocios y sus ofertas. Hubiera dado media vida a cambio de un poco más de sensatez.

    Andrés contempló a Andresito con desconcierto, como si de repente sintiera a la par que había defraudado al pequeño tanto como que se había embarcado en la aventura más arriesgada de su vida. Y tenía miedo. Desde la puerta de entrada, el bebé se escapó de los juegos de Eva y caminó torpemente hacia él, tambaleándose y cayendo justo al llegar a sus brazos. Andrés lo abrazó y el niño rió aplastando su cabeza contra el pecho del hombre mientras Eva aparecía tras él y apoyaba su barbilla en su hombro haciéndole cosquillas a Andresito.

    -¡Ah, te he encontrado! – decía ella mientras el niño se retorcía sin dejar de reír.

    Aquel momento, aquella estampa, Eva apoyada contra su espalda, el niño entre sus brazos, risas y despreocupación, alegría y calma, pobreza y dicha, le sirvió a Andrés para comprender que la felicidad residía en aquellas situaciones, sin dinero de por medio, en los saltos del corazón, en la ingenuidad e inocencia de Andresito, en los juegos de Eva y en su cercanía. Andrés deseó besar al niño, besar a Eva y pedirles perdón por lo que había hecho. Pero en su lugar, besó al niño, deseó atraer contra sí el cuerpo de la mujer y se guardó para él sus remordimientos. Qué cobardía.

    Andrés dejó a Andresito explorando y descubriendo el cuartucho. Eva se sentaba a su lado sin quitarle el ojo de encima al bebé y al desorden que había dejado esparcido el arranque de cólera de su amigo.

    -¿Qué ha ocurrido aquí? – preguntó - ¿No has encontrado trabajo?

    -Sí, a media jornada, envasando plátanos.

    Eva escondió una sonrisa.

    -No está mal para comenzar. ¡Andresito, eso no se toca!

    Andrés se levantó del colchón y le quitó al bebé de las manos el paquete de tabaco con el que había comenzado a jugar. El niño continuó correteando por la casa mientras Andrés lo seguía vetando todo aquello con lo que no era aconsejable que se entretuviera. La mujer los miraba.

    -¿Qué tal ha ido el día? - murmuró Andrés.

    A Eva se le iluminó la expresión al escuchar la pregunta e inmediatamente pasó a relatarle la jornada con la precisión y el detallismo que dejan los buenos recuerdos. Le explicó cómo Andresito se había divertido persiguiendo a las palomas de la plaza Catalunya, cómo habían dormido sobre el césped del parque de la Ciutadella después de que un tendero de la Boquería les hubiera regalado una caja de fresas, cómo habían dado de comer mendrugos de pan a los patos del lago del parque y habían dejado que pasara la tarde en la zona de baños del Fòrum.

    -Parece que os lo habéis pasado bien – dijo Andrés

    -Mucho. Y ahora dime, ¿qué ocurre? – insistió ella - ¿Por qué has dejado la casa patas arriba y por qué sudas como si te hubieras vuelto a meter en algún lío?

    El hombre dejó a Andresito jugando con una caja de zapatos vacía y se sentó de nuevo junto a Eva mesándose los cabellos con la rabia que experimentan los que se sienten estúpidos sin remedio. Ella le rodeó los hombros con el brazo y sonrió.

    -Ya sé lo que te pasa, ¡has robado otro niño! – bromeó.

    Pero Andrés no le siguió el juego y suspiró como si le pesara el mundo sobre los hombros. Volvió la mirada hacia Eva, que encontró en sus ojos preocupación y arrepentimiento; en su expresión, contrariedad y en sus manos un nerviosismo que le iba a romper los dedos si continuaba estrujándoselos. Ella le frotó los hombros y preguntó:

    -¿Qué ha pasado en Mercabarna?

    Andrés tragó saliva.

    -Me he encontrado con El Liche y me ha ofrecido ‘algo’

    -¿El traficante?

    -Sí.

    La pareja se miró y enseguida comprendió Andrés que no quería convertir a Eva en confidente y Eva que no quería escuchar nada relacionado con un asunto de drogas. Sin embargo, la confesión había cobrado forma y tanto estaba obligado uno a terminarla como otra a oírla y darle consuelo. De modo que Andrés le explicó a Eva la propuesta que le había hecho El Liche y que él había aceptado, aunque reinventó los acontecimientos evitando reconocer que había sido él quien había acudido desesperadamente al camello. Cuando calló, era Eva quien se retorcía las manos.

    -¿En qué piensas? – preguntó Andrés, poco acostumbrado a ver a la mujer con gesto grave.

    Ella miró al bebé y arrugó el ceño.

    -Sabes que nunca he cuestionado lo que has hecho porque nunca me ha importado – dijo con una sinceridad que estrujó el estómago de Andrés – No me meto en tu vida porque así tú no te metes en la mía. Ninguno de los dos necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer o no, sin embargo… ahora está Andresito. Tú no te lo has pensado bien cuando te has asociado con El Liche. Sólo has pensado en ti.

    Andrés apretó los puños y la mandíbula. Había cometido una estupidez y lo había asimilado. No necesitaba de Eva una reprimenda ni era lo había esperado de ella cuando le confesó el embrollo dónde le había medito su impaciencia. Muy al contrario, perseguía sus ánimos habituales y aquella capacidad de restarle importancia a cualquier asunto. Pero un tema de narcotráfico era demasiado duro incluso para la permisividad de la mujer, sobretodo porque también afectaba a Andresito.

    -Yo no puedo echarme atrás ahora – se lamentó Andrés – No sabes lo que me haría El Liche.

    -Pues entonces llega hasta el final. Pero, por favor, ten mucho cuidado.

    Eva intentó esbozar una sonrisa y se incorporó. Corrió hacia el niño y lo alzó en volandas girando con él. El sol que se escapaba con el día y entraba por los huecos que hacían de ventanas se despedía con caricias de oro. Reían, y aunque Andrés quería contagiarse de aquel júbilo, continuaba sin poder pensar en otra cosa que no fueran los negocios de El Liche. Eva besó a Andresito y lo puso en brazos de Andrés. Volvía a mostrarse feliz y ajena.

    -Qué estampa tan tierna – clamó.

    -¿Te marchas?

    Ella asintió.

    -Como cada noche – y alzó el dedo índice que acalló la súplica que Andrés estaba a punto de formular – Mañana volveré más temprano para que Andresito no se quede solo cuando tú te marches a… trabajar.

    Eva volvió a sonreír y cerró la puerta tras ella sin dejarle a Andrés posibilidad de réplica. El hombre se quedó abrazado al niño mientras entraba la noche y se convencía de que iba a encontrar la mejor solución para salir de aquel entuerto.

    -Por ti, Andresito… Y por ti, Eva.

     

    May 21

    Las alas del ladrón (V)

    Cambios

     

    La intuición de Andrés no falló cuando dedujo que Mercabarna le brindaría trabajo. Al presentarse de nuevo ante tantos viejos conocidos pronto le surgió faena en un almacén haciendo algo tan monótono como llenar cajas con manojos de plátanos verdes. Trabajaría durante media jornada, cobraría una miseria y sacaría a Andresito del Raval en un mes. Este propósito, absurdo y nada factible en un plazo tan apurado, se volvía una realidad lógica cuando Andrés reconocía que su intención al regresar no era la de perder su tiempo rellenando cajas de cartón, sino la de encontrar la tapadera que le permitiera, mientras fingía trabajar, moverse sin sospechas por los rincones oscuros del submundo mercabarnero.

                Mucho más allá de la venta de productos alimenticios, Mercabarna cobijaba un sobrecogedor mercado negro. Moviendo los hilos precisos y conociendo a los intermediarios adecuados se podía obtener cualquier cosa. Cualquier cosa. Sin embargo, el tráfico de drogas era el negocio que dejaba más beneficios y allí, en el nuevo Borne, aquel mercado gozaba de una salud inmejorable. Existía una demanda desorbitada y sólo un camello monopolizaba la distribución de lo que se consumía allí: El Liche, con quien Andrés había colaborado en alguna que otra ocasión y con quien pretendía volver a colaborar. Dinero fácil y dinero rápido.

    El Liche era un hombre pequeño y fornido. Sabía kickboxing, lucía tatuajes de Camarón de la Isla, colgantes y sellos de oro y conducía un SEAT León negro maqueado donde el maletero había cedido su espacio a un equipo de altavoces que prestaban su potencia a voces rumberas o flamencas. Hablaba en el lenguaje de los que se han criado en los estratos sociales más bajos, es decir, el que desconoce mejor razón que la de los puños y se dirige a su interlocutor como le estuviera perdonando la vida. Él lo hacía, además, haciendo gala de grandes aires de superioridad y de la sobrada conciencia de que mientras medio mercado le temía, el otro medio le respetaba.

     

    Andrés encontró al camello durante el mediodía en el bar del pabellón. Estaba acodado en la barra charlando con un par de mozos, con un cubata en una mano y un cigarrillo en la otra, riendo sonoramente mientras contaba unas anécdotas que superaban la fanfarronada y que los oyentes sólo fingían valorar como creíbles y ciertas. Empleaba el tono de voz adecuado para que su conversación no pasara desapercibida a nadie y grandes aspavientos que conseguían darle a cada una de sus palabras la importancia de la que carecían. En realidad, cómo se había deshecho de un coche robado dejándolo caer al río Llobregat después de una persecución era una historia muy sobada; por ello, cuando se percató que su público comenzaba a forzar la sonrisa para complacerle, se apresuró a explicar cómo él y un primo suyo habían iniciado una pelea en un bar durante el fin de semana. A nadie le sorprendió que en aquella historia un grupo de inmigrantes quedara comatoso mientras él no lucía ni un rasguño que evidenciara aquella espectacular reyerta. Seguramente, ni él ni su primo habrían provocado a media docena de negros de dos metros aquel fin de semana, ni el enfrentamiento que supuestamente habían tenido habría pasado de un intercambio de insultos y amenazas, pero a El Liche le gustaba exagerar casi tanto como darle alas la violencia natural que reverberaba en sus venas, de modo que, en cuestiones de peleas, nunca había manera de saber qué historia era real y cual un saco de mentiras. Sus oyentes se limitaron a admirarle, unos por complacerle y otros puramente deslumbrados.

     

    Andrés se acercó al traficante cuando los mozos que le acompañaban se marcharon y él se sentó ante la máquina tragaperras con el cubata en la mano.

    -¡Joder, Petas!, ¿qué coño haces aquí? – exclamó El Liche cuando lo vio, saltando del taburete y abrazando a Andrés – Hacía años que no te veía. Qué hijo de puta, ¿a qué has vuelto?

    Se acomodaron de nuevo en los asientos. El Liche dejó el cubata sobre la máquina e hizo bailar los rodillos de cerezas, campanas, pomelos, diamantes, sietes y bares al son de la musiquilla de sus monedas y la suerte. Andrés encendió un cigarrillo y contempló durante un rato su juego, después decidió no irse por las ramas.

    -Necesito dinero, tío – dijo.

    El Liche no se inmutó, continuó despidiéndose de su dinero sin remordimientos.

    -No me jodas, Petas – respondió – No me digas que ya no hay mercado en Las Ramblas.

    -Sí, Liche, y un montón de moros y rumanos y mossos.

    -Pero no me creo que no te de para ir tirando.

    La máquina se iluminó de repente y una voz masculina y artificial exclamó ¡premio! Cayeron euros alegremente, tantos como las que el hombre había jugado. El Liche recogió las monedas y comenzó a  deshacerse de nuevo de ellas. Andrés apuró su cigarrillo y encendió otro, también pidió un cubata en la barra mientras iba saludando a viejos conocidos que entraban y salían del bar.

    -Quiero salir de esa mierda de casa – insistió Andrés – Tío, a un piso más grande. No es que me sobren las putas del Raval – rió – pero sí tanto moro y tanto cabrón que hay por ahí suelto. Seguro que tú tienes algún trabajillo que podrías encargarme.

    El camello sonrió como un lobo. Andrés estrechó la mirada porque en aquella mueca entraba en juego la perspicacia del traficante. Su viejo camarada iba a ponerle a prueba antes de volver a confiar en él, aunque bien sabía qué requisitos pedía El Liche a sus colaboradores.

    -¿Tu jamba pide pisito nuevo? – inquirió.

    El Liche apuró su cubata e indicó a Andrés que le siguiera fuera del bar.

    -¿Eva? No me jodas. Con esa sólo me voy al catre de vez en cuanto.

    -La verdad es que  está para hacerle un vestido de saliva.

    Salieron al muelle. El Liche se subió a un toro y se acomodó resbalando en el asiento y echando las piernas sobre el volante. Él despreciaba las relaciones personales, no en cuanto a su persona, pero sí respecto a aquellos a los que debía confiar sus asuntos. A éstos los consideraba inestables y propensos a la traición o al chantaje. En ciertos negocios ni las emociones ni los sentimientos eran buenos consejeros, por ello, sólo se rodeaba de dos tipos de colaboradores, o los brutos descerebrados o los solitarios fieles y sin escrúpulos. Andrés se inscribió durante un tiempo en la segunda categoría y le interesaba que El Liche mantuviera aquella imagen de él. Andresito no debía existir y Eva sólo debía ser la mujer con la que se acostaba de vez en cuando. Así como años atrás hizo y deshizo sin importarle nada, en aquellos momentos debía reconocer que le movía el desespero de ofrecerle a dos criaturas que amaba el bienestar que por vías honradas no podría ofrecerles, peligrosa fragilidad que debía cuidar de ocultar bien a ojos de El Liche.

    -Liche, tío, no me jodas – se apresuró a decir, fingiéndose molesto – Te digo que necesito pasta y ya está. Estoy hasta los cojones de dónde vivo. Sólo quiero salir de ahí.

    -Te he entendido a la primera – respondió el otro – Además, te conozco desde hace un montón de años. Confío en ti y sé que no eres tan estúpido como para defraudarme.

    -¿Tienes algo, entonces?

    -Sí.

    El Liche se recompuso y bajó del toro. Le dijo a Andrés que le siguiera y ambos se encaminaron hacia los aparcamientos, dónde el camello tenía estacionado su coche. Ambos entraron en el vehículo y El Liche sacó un pequeño paquete oculto bajo el asiento del conductor.

    -Mira, es coca – dijo pasándole el bulto a Andrés, que lo examinó con cuidado. Estaba envuelto con papel de regalo y apenas tendía el tamaño de un paquete de cigarrillos – Tengo un cargamento en casa bastante importante y cada noche hago una entrega.

    -¿A quién?

    -La coca no es mía – respondió El Liche – Soy el intermediario entre dos bandas de moros. Una me confía la droga que tengo que hacerle llegar a la otra. Y todos estamos vigilados por la policía. Me dan mucha pasta pero no quiero acabar en el talego. Necesito a alguien que haga las entregas por mí, alguien que esté limpio, que no tenga a la policía cada dos por tres metiéndose en sus asuntos.

    Andrés no se lo pensó dos veces.

    -Yo puedo hacer las entregas.

    El Liche asintió.

    -Esa es la idea, tío. Por cada entrega te daré pasta, bastante pasta. Pero si te pillan con la droga…

    -Soy una tumba – le interrumpió Andrés – Me conoces, Liche. No te delataría.

    El traficante asintió de nuevo, visiblemente complacido.

    -Cada noche harás una entrega – dijo – A la misma hora y en el mismo sitio. Está tirado. Y cuando acabemos, ya te habrás mudado a Pedralbes.

    Ambos se estrecharon las manos, ambos sonreían. Andrés salió del coche y se despidió de El Liche antes de coger el autobús de vuelta a casa.

    La idea del dinero a mansalva ofuscó rápidamente a Andrés. Llegó a su hogar mugroso como si caminara sobre una nube, con los ojos llenos de sueños y de codicia. Aquellas promesas de dinero y toda su impaciencia le condujeron primero a destrozar algunos de sus pocos enseres sabiendo que pronto los reemplazaría por otros mucho mejores, después a patear su colchón y a acabar tirado boca abajo sobre él ahogando una especie de risa colérica mientras lo golpeaba con los puños. Consciente de que había dado el primer paso para cambiarlo todo en su vida, en aquellos momentos ya le pesaba y le avergonzaba lo que había llegado a ser, de lo que se había rodeado y de cómo había venido viviendo. Así que mordió la tela hasta que la desgarró, maldiciéndose primero, creyendo curiosamente después que, aquel turbio asunto iba a devolverle la dignidad perdida. 

     

    May 07

    Las alas del ladrón (IV)

    Pesadillas y Amaneceres

     

    La madrugada se rindió a un sol que se desperezó radiante y monarca del cielo límpido que deja una gran tormenta. Andrés, que lo vio despuntar, sonrió con el gesto cansado que deja una noche en vela. Correteaba el mismo airecillo fresco que había soplado incesantemente durante las horas oscuras y que en aquellos momentos tanto le provocaba escalofríos como le aliviaba la modorra.

    No había dormido. Después de anochecer se había formado una tormenta y él había contado todas las gotas de lluvia mientras pensaba en el porvenir de Andresito. Como si el niño fuera hijo suyo y no quisiera entender que cualquier día, en cualquier momento, cualquier tontería delataría su situación de padre postizo y tendría que ponerlo a cargo de las autoridades, imaginaba para Andresito otra casa, otro barrio y otro futuro. No podía explicar cómo en sólo unas horas, desde el mismo momento en que abrazara al bebé y se marchara del bar enfurecido contra la desquiciada y joven madre, había desarrollado tal vínculo de apego y tal deseo de protección. Quería para él una casa donde hubiera habitaciones, una cocina, un comedor y un lavabo, donde no hubiera colchones en el suelo sino camas, y muebles, y juguetes. Quería un bloque donde los vecinos trabajaran en oficinas, en tiendas o en fábricas, y no se dedicaran a mendigar o delinquir. Quería una calle donde el sol se atreviera a entrar durante el día y la penumbra y los rincones oscuros sólo fueran cosa de la noche. Quería sacar adelante a un niño, no a un marginal.

    Por ello, durante su desvelo se convenció de que debía volver a trabajar, idea que le provocaba cierta pereza. No le llevó mucho tiempo convencerse de que Mercabarna era la mejor opción a la hora de conseguir un buen dinero. Había trabajado allí muchos años y tanto tenía conocidos que le contratarían para alguna faena por horas como la experiencia suficiente para saber de la doble cara del mercado. Como mozo no obtendría un gran sueldo aunque se deslomara trabajando; pero su intención a la hora de decantarse por el gran mercado de suministros no era la de partirse la espalda moviendo cajas o sacos, sino la de ponerse en contacto con aquellos pequeños traficantes y chanchulleros que siempre se llevaban entre manos asuntos turbios y bien pagados. El camino honrado era el que Andrés había olvidado hacía muchos años.   

    Había dejado de llover cercana la madrugada. Entonces, el niño se había despertado y le había dado algo de comer; después, se había vuelto a dormir. No quiso imaginarse Andrés cómo habría sido el día a día de Andresito cuando en ningún momento había extrañado a su madre. Tampoco podía concebir cómo alguien podía maltratar a algo tan minúsculo e inofensivo. Sin más gotas que contar, estuvo contemplando durante mucho tiempo al niño sin pensar nada en concreto, sólo limitándose a sentir, a identificar cada una de las sensaciones que le despertaba su visión. Mayoritariamente, era felicidad.

    Tan radiante como el día que fue naciendo después de la borrasca, Eva llamó temprano a la puerta de Andrés. Se presentó con todos los ejemplares de los diarios gratuitos del día bajo el brazo y dos cafés del Pans&Company en una bolsa del McDonalds. Se acomodó en el colchón y le ofreció el café a Andrés mientras echaba un vistazo al niño.

    -¿Cómo ha dormido? – preguntó.

    Andrés se sentó a su lado y le agradeció a la mujer el detalle del café.

    -Como un tronco – respondió él.

    Fue al estar cerca de ella, casi rozándola, tal y como a él le gustaba, cuando se percató de que sus cabellos estaban recién lavados, como perfumada su piel y limpios sus harapos.

    -Me alegra que no te haya dado problemas – añadió ella, y abrió uno de los periódicos.

     Pensó Andrés, mientras se asombraba del aspecto de Eva y Eva se entretenía con las noticias del día, que la mujer había pasado la noche con alguien y bajo techo. Olía a agua de rosas, reía como trina un pájaro, parecía más feliz y despreocupada que de costumbre. Hubiera querido preguntarle dónde había estado, con QUIEN había estado, sin embargo, la única posibilidad que se le pasaba por la cabeza era la que le decía que un favor se paga con otro favor, y que Eva poco podía ofrecer a cambio de cualquier cosa salvo a ella misma. Para escuchar respuesta semejante o un silencio lleno de significado, prefirió olvidar la cuestión y compartir con la mujer todo cuanto había reflexionado aquella noche y se había propuesto para el bienestar de Andresito.

    -Trabajaré por las mañanas en Mercabarna por horas y las Ramblas ya comienzan a estar llenas de turistas. Conseguiré bastante dinero, el suficiente para poder alquilar un piso en otro barrio – expuso, pendiente de la espléndida imagen de Eva y Eva pendiente de sus diarios.

    Ellos se acostaban a veces, sobretodo en invierno. Las noches que Eva pasaba en su casa hacían el amor. Andrés pensaba que de aquella manera ella le agradecía que él le ofreciera un lugar donde dormir, del mismo modo que pensó que quizás también hubiera compensado con sexo al que le había cedido la lavadora y la ducha de su casa. Como una puta. Aquel pensamiento coartó las palabras de Andrés y ahogó todo interés por cualquier otra cosa que no fuera averiguar dónde había pasado Eva las horas negras. Calló, Eva levantó la vista del diario y lo miró, él evitó sus ojos perspicaces. Paladeaba el amargor de la decepción. No podía sentir celos porque significarían amor, y Eva no quería ser amada; sin embargo, le requemaba la curiosidad, la necesidad de saber por qué si ella había necesitado aquella noche una cama no había acudido a la suya.

    -¿Dónde has dormido hoy? – inquirió Andrés, preguntándose si realmente quería escuchar una respuesta.

    Eva regresó a sus periódicos.

    -He pasado una buena noche – contestó – ¿No me contabas tus fantásticos planes para sacar a Andresito del Raval?  

    Pero Andrés no tenía ganas de continuar hablando sobre aquel tema hasta que Eva le hiciera cómplice de su aventura nocturna. Lo eclipsaba una sensación de traición y le abrasaba no poder expresar su rabia. Fingir que no estaba enamorado sólo porque ella le prohibiera desarrollar tal sentimiento le forzaba tanto a soportar con los labios apretados los alfilerazos de su corazón como a asumir que no existía ningún pacto de fidelidad o respeto entre ellos y que, por lo tanto, Eva podía zanganear en la cama de cualquiera al igual que él se llevaba a las putas a su casa. No obstante, aquellas aventuras postizas sólo aliviaban fugazmente los instintos puramente sexuales. Tras los jadeos, el sudor, el maquillaje corrido, los embistes y el semen, pervivía aquel vacío, la desazón, la pena de amar y no ser amado.

    Andrés se bebió de un trago el  café, que se había enfriado, y decidió perseverar, pero Eva, que reconoció en el silencio de Andrés sus tribulaciones y su curiosidad, se apresuró a coartar cualquier nueva alusión acerca de dónde había estado.

    -No voy a decirte dónde he pasado la noche o qué he hecho durante estas horas porque no es asunto tuyo – dijo con un tono de voz inusual en ella, tajante y gélido. Levantó de nuevo la vista de las hojas de papel y clavó sus ojos en Andrés de modo que éste apuntó un nuevo tanto a la resignación. Entonces, se impuso un silencio incómodo. Se escuchaba el enfado de Eva en el sonido de las hojas de papel al pasar las páginas bruscamente, se escuchaba la tristeza del desplante a Andrés en sus leves suspiros y la rutina del día recién nacido y ajeno a aquellos dos desconocidos en el tráfico que se oía en la lejanía y en el arrullo de las molestas palomas que anidaban en los huecos del tejado del edificio.

    -Lo siento – murmuró Andrés; sin ser cierto, sin lamentarlo lo más mínimo, necesitado de una respuesta para recuperar la tranquilidad.

    Eva continuó pendiente de un estudio sobre accidentes de tráfico y la implicación de un alcalde en un escándalo de corrupción urbanística. El sol ya entraba por el agujero en la pared y prendía el caoba de sus cabellos. Siguiendo aquel rayo de luz, Andrés se topó con un gorrión apostado en aquel hueco que simulaba tristemente una ventana y le dio un codazo a Eva, señalando con el mentón en aquella dirección. La contemplación de aquel pájaro menudo e insignificante, regordete, marrón, nervioso, le arrancó una sonrisa a la mujer, que volvió a relajarse.

    -Así que piensas regresar a Mercabarna – dijo ella, cerrando el diario y dejándose caer sobre el colchón - ¿Qué harás con Andresito durante las mañanas?

    Andrés suspiró y agitó los posos del vaso de cartón que conservaba entre las manos. Eva no le dejaba más puerta abierta que la de la conformidad y el silencio, de modo que no iba a arriesgarse de nuevo con el controvertido asunto que le inquietaba.

    -Lo cierto es que había pensado en ti – dijo, echándose a su lado y acariciándole el cabello.

    -Lo sabía – rió la mujer, que continuaba pendiente del pájaro.

    -Intentaré pagarte – añadió mirando al niño – Como mínimo todo lo que él vaya a necesitar. ¿Lo harás?

    El gorrión echó a volar y Eva miró a Andrés, se acurrucó a su lado y él la abrazó. Después la besó en la cabeza.

    -A algo así no sabría decirte que no. Sólo a ti se te ocurriría robar a un niño. 

     

    April 30

    Las alas del ladrón (III)

    Miseria

     

    Andrés vivía en un edificio tan viejo como la propia miseria del Raval, y miserables eran los arquetipos de marginalidad que se aprovechaban de su cobijo húmedo y pestilente. Llegar al portal de su hogar, agazapado y oculto en la profundidad de aquel callejón estrecho, sucio, lóbrego, amigo de la nocturnidad y sus peores vicios; peligroso, por lo tanto, casi sectario, cobijo de carteristas, drogadictos y camellos; laberinto de rincones negros que escupían prostitutas lamiéndose los labios y clientes satisfechos, con aquel frágil germen de inocencia entre sus brazos le supuso una inesperada bofetada de juicio. Pobreza, marginalidad y violencia. Semejante entorno decrépito e indeseable y un bebé de apenas un año, colmado de curiosidad, con los ojos abiertos al aprendizaje y la imitación. Un nuevo indeseable al que modelar en aquel nido de almas negras.

    Allí y en aquel momento, Andrés sintió que un pozo de vergüenza se abría bajo sus pies y lo engullía. Miró, vio y comprendió que él también hacía latir al Raval, que inmerso allí, era como aquellos de los que se apartaba la Barcelona digna y acomodada. Un marginal, un desgraciado que temer más que compadecer. Sólo un ratero que regresaba de su última hazaña con una nueva víctima que entregar a la voracidad del Raval. 

    Semejante toma de conciencia no fue agradable. Él se había zambullido en aquel estercolero por voluntad propia, sin embargo, ¿hasta dónde había permitido su despreocupación que se degradara su vida y porqué hasta que tuvo en brazos a aquel niño no se había percatado de ello? La calle, las personas que la ocupaban, el ruinoso edificio donde vivía, su propio hogar. La indiferencia mutó en repugnancia y escrúpulos. Él y un niño. ¿Esa decrepitud iba a ofrecerle?

     

    En la entrada al bloque había un borracho orinando y otro estaba echado en el portal dormitando. Andrés suspiró, cerró los ojos y entró. Mejor borrachos que prostitutas, mejor prostitutas que drogadictos. Plegó el carrito, se acomodó la bolsa con los enseres del pequeño y comenzó el ascenso al último piso de aquella torre de Babel de las miserias humanas. No recordaba cuándo fue la última vez que vio funcionando las luces de los rellanos, ni si alguna vez las paredes estuvieron limpias de manchas de humedad, las baldosas del suelo enteras o si el techo siempre había estado desconchado. No recordaba si alguna vez aquella ruina fue un lugar habitable.

    En los bajos vivía una viuda que padecía el síndrome de Diógenes. Cualquier objeto desechado era para ella un tesoro que la fascinaba. El hedor que salía de su casa se confundía con el propio del edificio: basura, suciedad y orines. Nadie le daba importancia ni a nadie le importaba que convivieran con ella ratas que a menudo corrían por los rellanos. Y en el primero habitaba una prostituta retirada que prestaba su casa y su cama a otras compañeras de oficio. En el segundo un camello que arremolinaba en la puerta de su casa a drogadictos que después se colocaban en el rellano o la escalera. El tercero era un piso patera. Andrés sabía que allí habían llegado a convivir hasta 30 inmigrantes. Que dentro se alquilaban para dormir incluso los rincones desnudos era una certeza, que los más privilegiados podían echarse unas horas en un colchón o recostarse en una silla y los que menos se hacían un ovillo en un número concreto de baldosas era algo que había visto con sus propios ojos. Pero tampoco le había horrorizado hasta aquel momento.

    Y su hogar… Su casa que no era más que un cuartucho de cuatro paredes de cemento agrietadas. Quince metros cuadrados ocupados por un colchón (que no una cama), un water escondido tras un biombo (que no un lavabo), una encimera eléctrica (que no una cocina), una bombilla desnuda y un agujero en el techo a modo de ventana. Andrés se deprimió cuando abrió la puerta.  Dejó el carrito plegado a un lado y se sentó en el colchón. Incluso dudó en tumbar al niño dormido sobre aquellas sábanas amarillentas. Cuánta insalubridad, cuánta miseria. Comenzó a golpearse con los nudillos en la frente. ¿Aquello iba a brindarle a Andresito? Marginalidad y un futuro negro. Putas, borrachos, drogadictos y ladrones. ¿Para algo así lo había arrancado de los brazos de su madre? Andrés se derrumbó sobre el colchón. Una sensación angustiosa le retorció el estómago. Un irreducible pánico. ¿Miseria iba a ser su legado? ¿A pesar de todo estaba abocado aquel pequeño a la desgracia? Miseria había sido su vida, ¿miseria iba a ser también la de Andresito?

    Andrés contempló al niño y después lo estrechó entre sus brazos. En su corazón, la incertidumbre le colmó los ojos de lágrimas. Por él mismo y por el futuro del bebé. Porque en su estúpida impulsividad había implicado a una criatura a la que podía ofrecerle menos que nada. Y ya no se golpeó la frente con los nudillos, sino que lo hizo con el puño. Pura miseria. ¿O quizás podría haber algo más?

     

    April 23

    Las alas del ladrón (II)

    Eva

     

    Eva acudía cada mañana a los bancos que hay frente a la catedral de Barcelona con todas las ediciones de prensa gratuita del día y un café con leche para llevar de cualquier establecimiento de comida rápida. Los leía de cabo a rabo, incluso los anuncios clasificados; y si conseguía algún ejemplar de El País o El Periódico se entretenía hasta con las necrológicas. Según lo avanzado que estuviera el día tras la lectura, daba un garbeo por los alrededores de la catedral o, directamente, se encaminaba hacia Las Ramblas. Por allí rondaba hasta media tarde. Solía pasar las horas charlando con los tenderos de los puestos de flores. Eva decía que estaba enamorada de todos aquellos hombres porque encontraba en la delicadeza y atención que le brindaban a cada ramo y maceta rasgos dignos de ser amados. Era cuando la noche comenzaba a abrir sus alas negras el momento en que ella se esfumaba hasta el siguiente amanecer con los largos cabellos florecidos de rosas y margaritas. Y Andrés no tenía ni idea de dónde iba ni dónde pasaba aquellas horas, ni había conseguido que Eva se lo contara jamás.

    Si Andrés podía calificar su vida de desgraciada pero soportable, la de Eva era pura supervivencia en el sentido más estricto y crudo de la palabra. Eva no tenía casa donde guarecerse, no tenía trabajo y, por lo tanto, no tenía ingresos. Eva no tenía familia que se preocupara por ella. Eva no comía salvo si alguien (y por fortuna no le faltaban conocidos entre los floristas de Las Ramblas o los camareros de los bares cercanos a la catedral) le invitaba a un bocado. Eva vestía la ropa que a veces encontraba en bolsas de basura o junto a los contenedores de ayuda a los necesitados. Eva se lavaba cada día en las fuentes públicas o, con el buen tiempo, en las aguas de la Barceloneta. Eva no tenía nada y, sin embargo, ella decía que no podía pedirle nada más a la vida.

    Precisamente era aquel optimismo el que tenía admirado a Andrés. Eva pudo tener éxito, pudo obtener un buen trabajo, pudo ganar un buen sueldo. Eva era inteligente, atesoraba dos carreras, tres idiomas y la picardía suficiente para haber podido meterse a cualquiera en el bolsillo y haber ascendido por méritos propios y sin problemas hasta allá dónde ella hubiera podido desear. Pero Eva también era valiente, y sabía del precio de esta clase de éxitos y también de la tiranía general del mundo laboral. En cualquiera de los dos extremos, del jefe todopoderoso y del asalariado miserable, trabajo no era vida y vida fue lo que ella optó por tener. Su osadía (y condena) consistió precisamente en no jugar la partida siguiendo las reglas establecidas. Y escapó del yugo de las pautas establecidas. Para la sociedad ella había sido la derrotada, pero Eva no tenía duda de que fue la vencedor. Sin duda algo no funcionaba bien en la cabeza de la mujer pero, a pesar de las miserias y calamidades, ella era feliz con aquella libertad, con su despreocupación, su rutina y su pobreza. ¿Cuántos con todas las comodidades pueden decir lo mismo?

    Eva rió cuando se encontró a Andrés en la plaza de la catedral con el bebé. Quizás él le ofreció una visión desvalida, nerviosa o confundida; o, seguramente, en semejante situación aquella era la única imagen que podía dar.  La joven cogió al niño en brazos y en niño imitó sus risas.

    -Dime que no has robado a un bebé – dijo ella, haciéndole despreocupadas muecas al pequeño.

    -¡Claro que no!

    -Entonces, ¿qué haces con un bebé?

    Andrés explicó a Eva el episodio que había sucedido aquella mañana y su desenlace. La mujer no le reprendió por su locura ni se llevó las manos a la cabeza ni se asombró en demasía. Los arrebatos son manifestaciones de nuestros deseos, decía, ¿por qué debemos reprimirlos? Pero en este sentido, la diferencia básica entre Andrés y Eva radicaba en que cuando el primero se dejaba arrastrar por los impulsos, actuaba y después pensaba y cometía errores como los que le habían llevado a aquella encrucijada, mientras que Eva, colmada de una pasión semejante a la de Andrés, hacía y deshacía conforme pensaba y deseaba, pero no había error en ninguna de sus decisiones. Tal vez porque sabía del nervio de su amigo, la mujer no se dejó sorprender por aquella situación.

    -¿Y ahora que harás con él?

    Pero Andrés todavía no había conseguido asimilar su gesto. Aún repasaba mentalmente (como si a aquellas alturas sirviera de algo) la cadena de errores que le habían conducido hasta allí, comenzando por el momento preciso en que se le ocurrió, simplemente, mirar a madre e hijo. Su memoria no dejaba de detenerse en el instante en que la joven mujer se incorporaba y volcaba el carrito con el bebé. Entonces, se desplegaba el abanico de las posibles actuaciones; desde ignorar el suceso hasta reprender a la madre, pasando por enderezar el carro y resignarse a entregarle el niño de nuevo a alguien que ni sabía ni quería hacerse cargo de él. Se mirara por donde se mirara había cometido una estupidez. Por lo tanto, si Eva le preguntaba acerca de sus planes para el niño, no podía contestar, porque ni siquiera había tenido tiempo de aceptar que ahora lo tenía al cargo.

    La mujer, que conocía bien a Andrés, interpretó correctamente el silencio preñado de dudas y desconcierto de su amigo, y comprendió que habría momentos más propicios para recuperar aquel tema.

    -¿Llevas dinero?

    -Sí.

    Eva dejó al niño en el carrito y cogió las manos de Andrés estirando para que se incorporara. Aquel tacto era suave y cálido.

    -Paseemos.

    Caminaron por las calles de alrededor de la catedral. Él insistía en rememorar el incidente como si en su reformulación fuera a ser capaz de encontrar la clave para resolver el entuerto, pero cuando inició el relato por tercera vez, Eva dejó de escucharle. El sol brillaba alegremente. El día era risueño. En Las Ramblas de las Flores, los tenderos regalaron tulipanes y rosas a Eva, y peluches y pequeñas margaritas de colores al bebé. En la Boquería, varias vendedoras amigas de la mujer les dieron fruta, y en un bar de dentro del mercado, la trituraron y prepararon papilla para el niño. Para ellos, Andrés compró un par de bocadillos y unas latas de cerveza. Comieron en un banco de la Rambla del Mar, aquel puente de madera sobre las aguas del puerto de Barcelona. Lanzaron migas a los peces y a las gaviotas, contemplaron los veleros y las pequeñas embarcaciones entrar y salir del muelle. Eva le dio la papilla al niño y en el Maremagnum le cambió los pañales y le compró un globo.

    Eva tenía magia. Su despreocupación era un bálsamo que se derramaba sobre las tribulaciones del alma. La calma estaba en sus movimientos, en su mirada plácida, en su alegre sonrisa. Estaba en la armonía de su cuerpo esbelto, en las hondas de sus cabellos, en cada soplo de aire que espiraba y en cada una de sus palabras. Andrés olvidó a su lado. Y charlaron de banalidades mientras paseaban por el Moll de la Fusta y llegaban, finalmente, a la playa de la Barceloneta. Allí, Eva compró helados, y los disfrutaron mientras el niño jugaba con la arena mojada en la orilla del mar.  

    Cercana la media tarde, la mujer estaba tumbada en las rodillas de Andrés y éste le acariciaba los cabellos; el niño dormía en el carro y tras ellos comenzaba a ponerse el sol.

    -Deberías entregar al bebé a servicios sociales o a la policía. Lo sabes – dijo Eva, aplanando la fina arena con su mano.

    -Me pedirán los datos – respondió Andrés – Me harán preguntas y más preguntas. Soy un ratero de poca monta, no me interesa ninguna de las dos cosas. Además, seguro que encontrarán a la madre y la meterán en la cárcel y el niño acabará en cualquier centro de acogida.

    -Quizás lo adopte una buena familia – terció ella.

    -O tal vez no.

    -Pero sabes que tú no puedes quedártelo.

    -Sí.

    Eva notó que Andrés comenzaba a crisparse. Suspiró y se incorporó mientras se encaraba a él. De nuevo, consideró que aquel era el momento de detener la conversación.

    -¿Cómo le llamarás, mientras tanto?

    -¡Andrés! – respondió él, sin dudarlo.

    Eva comenzó a reírse. Aquel gorgojeo era pura música.

    -Es horrible.

    -¿Mi nombre es horrible?

    -Al menos para un niño.

    Ambos miraron al bebé. Andrés se incorporó y se sacudió la arena de la ropa. Se acercó al carro y sonrió mientras se inclinaba y le acariciaba los cabellos al pequeño.

    -Andresito…, a mi me gusta.

    Eva se encogió de hombros. El sol comenzaba a adquirir velocidad en su descenso. El cielo azul de Barcelona se eclipsaba de rosa y la luna ya se veía, aguardando su cetro. La mujer besó a Andrés y besó al niño.

    -De todos modos, piensa que no puedes quedártelo.

    La alegría y tranquilidad que el hombre había conseguido asimilar durante aquellas horas se disiparon. Andrés volvió a sentirse inseguro y frágil.

    -¿Te marchas?

    Ella asintió.

    -¡Tengo que hacerlo! – respondió.

    -Quédate con nosotros esta noche – dijo.

    Eva acarició las mejillas de Andrés y continuó sonriendo.

    -No puedo. ¡Me esperan!

    -¿Pero adonde vas?

    -¡Mañana vendré a verte! – gritó ella mientras se alejaba – Compra potitos de papilla para Andresito, ¡y cámbiale los pañales! Felices sueños. ¡Hasta mañana! Os quiero. ¡Adiós!

     

    April 16

    Las alas del ladrón (I)

    Las alas del ladrón

     

    Esta historia comenzó de madrugada, en un bar triste del Raval. En la Barceloneta, el horizonte se concentraba en un febril destello anaranjado a punto de hacerse sol y vomitarse sobre el mar negro y la ciudad gris. En cada calle, avenida, pasaje, rambla, travesía; en cada edificio, en cada negocio a punto de abrir, en cada hogar a la espera del timbre del despertador se acumulaban los sueños de la Barcelona dormida, y el aire húmedo y frío de las primeras horas atesoraba para el nuevo día las risas, alegrías, rutinas, desencantos, amores, desamores, anhelos, certezas, imprevistos, tristezas, que distribuiría al azar entre sus ciudadanos anónimos en cuanto respiraran el primer soplo de mañana.

    En aquel bar triste del Raval se congregaban los mismos y una más. Los mismos eran, día tras día, las mismas miserias humanas: eran los borrachos madrugadores y los borrachos trasnochadores, era el ludópata abonado a su tragaperras, eran los falsos mendigos tomándose un café con leche, los rateros recién salidos de la comisaría charlando con los que el día anterior no se las habían visto con las fuerzas del orden, eran un par de prostitutas de las del país: generosos cuerpos de carne flácida, ruinas de juventud, rostros asqueados  y grotescos, ojos pinturrejeados en rosa o azul mirando con odio y envidia a la competencia de importación, putas jóvenes de países exóticos, altas, ceñidas y apetitosas. También era Andrés. Y ella era una mujer con un niño de poco más de un año a la que nadie había visto con anterioridad.

    Andrés no había reparado en ninguno de los dos hasta que los llantos del bebé y la indiferencia de la madre desviaron su atención del bocadillo de queso que tenía entre las manos y del diario deportivo del día. Ella era joven, no habría alcanzado la veintena, y a la legua se percibía que el pequeño era una responsabilidad que le pesaba como una losa. Con una mano trémula de ira y cansancio zarandeaba el carrito mientras utilizaba la otra para manejar, intermitentemente, el cigarrillo, el café y un croissant. Había aburrimiento y desencanto en su rostro agotado y ojeroso, apenas disimulado por un exceso de maquillaje, dejadez en su cabello mal peinado y apatía en su cuerpo, escarmentado por el error cometido, a lo sumo, un par de años atrás. El llanto continuado de su hijo, lejos de preocuparle o inquietarle, le irritaba. Andrés, que la observaba con interés, esperaba que en cualquier momento la joven gritara, rompiera a llorar o, incluso, perdida la paciencia y con los nervios rotos, pegara al niño. Hubiera sido lo razonable en su evidente estado de ansiedad y desespero, pero en su lugar, hizo algo más desmesurado, más brutal, más inimaginable y, sobretodo, intolerable. Se levantó bruscamente y chillando que odiaba aquel bebé, derramó sobre él su café caliente, le lanzó la taza y volcó el carrito antes de darle una patada y correr a encerrarse a los servicios.

    Andrés se incorporó rápidamente y corrió a recoger al niño. Nadie más movió un dedo. El pequeño lloraba con toda la capacidad de sus pulmones, manchado de café y con unos pequeños rasguños en su cabecita medio pelona. El hombre lo acunó sin dar crédito ni a la irresponsabilidad de la joven ni a la absoluta indiferencia del resto de la clientela del local. Experimentó un profundo desprecio hacia la madre de la criatura, considerando que le hacía pagar al bebé la estupidez de haberse abierto de piernas sin conocer la utilidad de un preservativo. Se contuvo las ganas de ir al lavabo y vérselas con ella pero no la de darle otra patada al carrito y marcharse del bar con el bebé en brazos.

    Andrés corrió y, temeroso de que lo persiguieran, abandonó el entramado laberíntico del Raval para buscar refugio en el entramado laberíntico del barrio gótico. Le miraron atónicos los kiosqueros y los últimos rateros, puteros y juerguistas que caminaban por Las Ramblas antes de alcanzar aquellas otras callejuelas estrechas y lúgubres. Se perdió en ellas sin ninguna dirección en concreto, hasta que se encontró en un pasaje oscuro y sin salida, y allá, junto a unos contenedores de basura, se ocultó.

    Era impulsivo por naturaleza. Allí, con un niño de corta edad entre los brazos, sobre el suelo húmedo, junto a un contenedor apestoso, casi a oscuras, fue el momento de razonar sobre la sensatez de su locura. Ya metido en el problema y no antes. Había sido un acto de justicia innegable, pero totalmente estúpido. Dejó al niño en el suelo y fue golpeándose con los nudillos en la frente mientras hilaba sus razonamientos tardíos. Lo apropiado hubiera sido controla su ímpetu, dejar que la madre se marchara con su hijo, seguirla y denunciarla a servicios sociales. En aquellos momentos, si a la joven se le ocurría ir a cualquier comisaría, lo detendrían por secuestro y en un abrir y cerrar de ojos se vería en la cárcel. 

    -¡Mierda!

    Entonces, dejó que fuera el puño el que le diera en la frente. Se preguntó por qué no había evitado alterarse al ver cómo aquella mujer trataba a su hijo, por qué no había actuado con la misma pasividad que el resto de los que atestaban el bar. Él había saltado de su silla casi al mismo tiempo en que la joven pateaba y volcaba el carrito del pequeño, como si una involuntaria fuerza interior, nacida de su estómago y exacerbada por el vuelco que le dio el corazón, le hubieran levantado como impulsado por un resorte. No hubiera intervenido en una pelea entre dos hombres, no hubiera delatado un robo, no hubiera impedido una agresión o cualquier acto vandálico, pero no consiguió actuar con la misma impasibilidad ante un ataque tan injustificado y absurdo hacia un niño indefenso. Era incapaz de explicar las causas de su reacción, y se forzó a buscarlas para ofrecérselas a la madre tras haber decidido que era preferible devolver al niño a acabar enchironado.

    -Pero la denunciaré a servicios sociales – se dijo mientras se incorporaba y deshacía de nuevo sus pasos de vuelta al bar.

    Caminó presuroso y con evidente fastidio, buscando alternativas que le permitieran a la vez librarse de la cárcel y de devolverle el bebé a aquella madre nefasta y desequilibrada. Los kiosqueros, puteros, juerguistas y rateros de Las Rambas volvieron a contemplarle atónitos. Conforme fue acercándose al bar, comenzó a pensar también excusas que ofrecerle a la joven cuando ésta le viera entrar con el niño. Sólo deseaba que ella aún estuviera allí, víctima de algún ataque de ansiedad y que no hubiera corrido a denunciar la desaparición al mossos.

    Cuando llegó al local, abrió decididamente la puerta. Hubiera esperado encontrar una escena de nervios y gritos, a todos los presentes arremolinados alrededor de la madre, consolándola o riéndose de ella. Hubiera sido lo lógico, pero estaba escrito que aquel día había amanecido coronado de sinrazón. Los mismos beodos, el mismo ludópata, los mismos mendigos estafadores, los mismos chorizos de poca monta, las mismas putas lamentables y las mismas putas divinas; todos con el café, la brioxería, los cubatas, bocadillos o aquello que se terciara. Como si el tiempo se hubiera detenido, como si nada hubiera pasado. El carrito del bebé estaba enderezado junto a la silla donde había estado sentada no mucho antes la madre liberada; allí, del recuerdo de la mujer, sólo quedaba un pequeño bolso con los enseres del niño y una nota mal garabateada en una servilleta. Para ti.

    Andrés dejó al niño en el carro y se lanzó contra la barra.

    -¿Y la chica? – gritó.

    -No sabes cómo corrió cuando salió del lavabo y vio que ya no estaba el niño – respondió el dueño del bar – Ya te vale, por gilipollas.

    La estupefacción de Andrés le sobrepasaba.

    -¡Pero hacia dónde se ha ido! ¿Qué coño hago yo ahora con el niño?

    Aquel varón enorme y robusto, tal impregnado de la indiferencia ravalera como el resto de su clientela, se encogió de hombros y continuó secando las tazas y vasos que sacaba del lavavajillas.

    Por mucho que preguntó Andrés al resto de hombres y mujeres, nadie supo darle ninguna información que le permitiera averiguar hacia dónde había escapado la joven y qué diantres hacer con el niño. Siguiendo la costumbre de los bajos fondos, nadie había visto ni oído nada. La única ayuda que le ofreció una rumana que desayunaba un donut con un café americano, fue la de quedarse con el niño a cambio de cierta cantidad de dinero.

    -¿Para que lo tengas drogado todo el día mientras estafas y mendigas? – espetó Andrés – Déjame en paz.

    El hombre, aturdido, totalmente anulado ante aquella surrealista situación, cogió el bolso de los enseres, empujó el carrito y salió del bar. Aún escuchó a la rumana reiterarle la oferta y a una puta comentar con el dueño del bar que dejaría al niño abandonado en el primer portal que se encontrara.

    Andrés salió de nuevo a Las Ramblas, entró una vez más en el barrio gótico, y acabó frente a la catedral. El sol ya se había levantado, aparecían los primeros turistas, se abrían los primeros locales. Se sentó en un banco ante el sacro edificio, miró al niño, que le miraba a él con la curiosidad de saberse con un desconocido y volvió a golpearse la frente con los nudillos.

    -Eva me ayudará.