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December 23 El fin del mundo (Cap. 1)Llegó al corral. Guillermo tenía la boca seca como si en lugar de escribir hubiera estado recitando un extenso monólogo. También estaba malhumorado. Metió la mano en una de las conejeras para sacar una cerveza y se clavó un alambre mientras la retiraba. Joder. La noche era gélida y el viento que corría, puñales. Joder otra vez. Una cerveza fría azotado por el viento ártico que soplaba iba a convertirse en un severo castigo para sus encías, pero las latas estaban a punto de caducar y la idea de emborracharse persistía. Otro placer que se extingue, se dijo y alzó la rubia hacia la noche oscura antes de bebérsela de un solo trago. Con la vista puesta en el cielo pensó que algún día improbable en que se sorprendiera de buen humor haría un inventario de stock aún útil del Polivalente. Siempre había sido sumamente puntilloso con la caducidad de aquello que se llevaba a la boca, un vicio que a aquellas alturas se le antojaba totalmente absurdo: He sobrevivido a una explosión nuclear, ¿acaso podría hacerme daño algo pasado unos pocos días o unas semanas? Sin embargo, visitaba las estanterías del gran almacén de Mercabarna y continuaba seleccionando, a pesar de la escasez de comida, productos con fechas lejanas impresas. Abrió otra lata. Silbó cuando las encías se le resintieron, pero se arrebujó en la manta y volvió a beber desafiando al frío y resbalando por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Lo abrazaba el SILENCIO, como una madre amorosa y atenta, o como una amante peligrosa y obsesiva. Aquel mutis del entorno era reconfortante en unas ocasiones y enloquecedor en otras, pero tan denso y opresivo que siempre terminaba por llenarlo con toda suerte de ruidos (palabras, palmas, golpes, chasquidos con la lengua o los dedos, gritos, gruñidos; normalmente, con lágrimas y lamentos) Cada noche salía al corral y haciendo compañía a la noche negra se convertía en un hombre ciego y sordo que paseaba sus ojos llorosos por las alturas buscando aquellos huecos donde brillaron las estrellas, algún chisporroteo exhausto, la pequeña esperanza para continuar viviendo. Pero noche tras noche el mismo desencanto. Guillermo acabó su cerveza, se incorporó y lanzó la lata tan lejos como pudo, oyéndola estrellarse contra la verja. Se pasó la manga de la sudadera por los ojos, se proveyó de más bebida y regresó.
Cuando entró de nuevo en la casa le echó otra ojeada al niño. Quería asegurarse de que la herida del brazo no hubiera adquirido peor aspecto, pero, en su lugar, se quedó mirando su faz risueña. Sonreía como si se estuviera soñando entre nubes rosadas, y Suerte roncaba a su lado con la misma tranquilidad. Le irritaba, le hería y le indignaba esa felicidad. Guillermo apretó la mandíbula, se incorporó y regresó ante la mesa. Quiso volver a escribir, pero la vela que debía ser cómplice de su tarea se deshacía y a duras penas emitía un tintineante fulgor indigno de tipificarse como luz. Con el mal humor en aumento y una cerveza en la mano, el hombre buscó entre las cajas que apilaba bajo el hueco de la escalera una vela y un paquete de cerillas. Regresó a su tarea y se sentó a horcajadas en la caja de plástico que hacía pasar por silla. Dejó las latas, la vela y las cerillas, se frotó las manos para desentumecerse los dedos y jugó un rato con el bolígrafo. Hacía mucho frío y el cemento no era buen aislante. Además, la desnudez mobiliaria del piso extinguía cualquier indicio de calor de hogar y daba carta blanca a las corrientes de aire que se filtraban entre las grietas y por cualquier hueco. En una esquina estaba dispuesta la cama, en otra la mesita plegable ante la que se inclinaba en aquellos momentos, bajo la escalera un montón de cajas, y en el resto de espacio libre: el invierno en primera persona. Guillermo continuó bebiendo cerveza mientras releía lo que había escrito hasta entonces. Se mordió el labio y dibujó en uno de los bordes de la hoja algo parecido a lo que recordaba que fueron las flores. Conforme su lectura fue avanzando, su ceño se fue frunciendo y antes de llegar a la última línea arrugó el papel y lo regaló al fuego de la vela. Tal vez fuera la bebida o la envidia que le despertaba la paz del niño, o su alma negra gritándole a voces que se estaba equivocando al buscar de nuevo su esencia de hombre. Había comenzado a dar forma a una biografía que lo plasmaba frágil y trastocado, desvelando verdades que no le venían de nuevo, pero que le irritaba reconocer. Si después de la guerra sólo habían salido adelante los monstruos, él era el peor de todos, y cualquier vestigio de la vieja moralidad social era una flaqueza imperdonable; casi lo era incluso antes de la guerra. Guillermo esgrimió el bolígrafo y volvió a escribir. Mi nombre es Guillermo Font Albareda y he sobrevivido a la Última Guerra. Es un castigo impuesto y lo cumplo enseñándole los dientes a Dios (si existe) y a los hombres (si quedan), que se creen que pueden torturarme. Maldigo mi suerte por respirar y, aunque no puedo negar que es la muerte lo que persigo, yo buscaré el momento apropiado para redimir mi alma. Por lo tanto, mi vida me pertenece y mato sin remordimientos ni escrúpulos a quien se acerca a mí creyendo que voy a dejarme robar lo que me pertenece. Han pasado dos años desde El Fin del Mundo II. Yo soy la criatura superior envidiada que ha conseguido imponerse a los miserables que se arrastran entre los despojos de la ciudad. Tengo comida (hace mucho que si mato es por placer o defensa), tengo un techo que me guarece (hay una fosa común ante la verja que rodea mi casa con los restos de los que han pretendido desproveerme de este privilegio) y por encima de todas las cosas, tengo a Lechera y a Suerte. Ambos son supervivientes, como yo, duros, valientes, y regalos del destino ni esperados ni deseados, pero de los que ahora no podría desprenderme. Lechera es una cabra que le robé a un hombre que la exhibía como quien exhibe carroña a los ojos de las hienas y los buitres famélicos. Suerte es mi posesión más valiosa, un cruce de mastín español y pastor alemán, un ejemplar enorme, magnífico, fiel y sano. Ellos son tan míos como este barracón, y ahora la vida se me hace impensable sin ellos. Guillermo suspiró. Son puntos débiles, se lamentó. ¿De veras soy tan vulnerable? Esto no me gusta. Lechera quizás..., ¡pero Suerte!
Lechera tenía un pelaje blanco que repelía la suciedad y brillaba siempre como si cada día se la sometiera a un meticuloso cepillado. Tenía un tamaño bastante pequeño pero era generosa con el regalo de sus urbes. Solía ordeñarla cada mañana porque le gustaba el olor azucarado de su leche y el sonido del líquido golpeando el metal del cubo, pero nunca la había probado y Suerte siempre tenía a su disposición la deliciosa bebida. A él, meticuloso y fanático de las fechas de caducidad, le resultaba inimaginable pensarse colgado de la teta de un animal alimentado con rastrojos y hierbas que nacían de un suelo peinado con ondas radioactivas. Para ella había construido un corral bastante amplio en el piso superior con tal de preservarla de miradas codiciosas y cuidadosamente lo limpiaba y acondicionaba cada día. Sien embargo, quien había mitigado el dolor de la supervivencia había sido Suerte. Tuvo que reconocer que era un tesoro valioso y un animal tan querido que difícilmente podía imaginarse sin su compañía, cosa que le preocupaba cuando pensaba en ello. Lo encontró cuando sólo era un cachorro y le impuso semejante nombre como agradecimiento al azar, aunque siempre hubiera recelado de la sonrisa de la fortuna. La madre había parido una camada de seis y los había devorado a todos salvo a él. Intervino a tiempo para evitar un nuevo crimen y mató a la perra de una patada bien asestada que le fracturó el cuello. Nunca se había arrepentido de ello. Guillermo dio unos topecitos con la punta del bolígrafo sobre el papel y tachó el último párrafo. Releyó de nuevo el texto y acabó por quemar una vez más sus palabras para encararse con otro folio en blanco. Decidió olvidarse de él mismo y escribir sobre el niño pensando que, hilvanando un pensamiento con otro, quizás podría llegar a comprender mejor qué había o qué estaba cambiando en él, pero en aquel instante, la llama de la vela se agitó y se consumió antes de darle tiempo a prender la que había dispuesto a su lado. Por qué lo he salvado esta mañana me remuerde, hubiera escrito. Tengo que averiguar por qué intervine, por qué lo libré de esa mujer y por qué me lo traje a casa. Por qué. No sé cómo se llama ni los años que tiene. Seis, ocho a lo sumo. No sé nada de él. Tal vez mañana tenga que matarlo. Otra ráfaga de aire rodó escaleras abajo y le azotó la espalda. En la oscuridad, el íntimo abrazo del invierno dejó a Guillermo totalmente aterido. Entonces, decidió olvidarse de la borrachera, de la biografía y acostarse. Se tumbó junto al niño y se arrebujó bajo las ropas de la cama procurando ser lo más silencioso posible. Hacía frío, pero no tardaría en dormirse y aquel detalle resultaría totalmente insustancial cuando despertara y la cefalea estuviera allí, puntual a la ineludible cita que ambos tenían cada mañana desde hacía ocho meses.
December 07 El Fin del Mundo (Cap.I)La última ocasión en que se había tragado las ganas de despertar a la consecuencia de su tan repentino e insospechado objeto de altruismo había sido aquel mismo atardecer, cuando tras regresar del Polivalente, Guillermo había abierto dos ensaladas en lata a modo de cena. Sabía que en su ausencia el niño se había levantado y había estado correteando libremente por la casa, Lo delató el desorden sutil de las cajas que apilaba bajo el hueco de la escalera, los pucheros cambiados de sitio, la caja de plástico volcada que hacía de silla, incluso la alegría con que le recibió Suerte o la placidez con que el niño dormía junto al perro cuando regresó. Afortunadamente no había huido, cosa que temió que hiciera aprovechando su ausencia. En ese sueño profundo Guillermo encontró excusa suficiente para postergar una vez más el ramalazo de valentía que precisaba para encararse al infante. Y en aquel instante volvía a mirarlo, inmóvil por miedo a perturbar su sueño, con el frío calándole los huesos, tiritando y apretando la mandíbula para que no le castañearan los dientes. ¡Que durmiera el niño! Duerme y no pienses en despertar. Guillermo experimentaba un raro temor a que el niño despegara sus ojitos y escapara. No sabía discernir si se debía al vergonzoso deseo de gozar de algo de compañía o por la certeza de que el pequeño moriría si permitía su huída. Uno y otro pensamiento le inquietaban. ¿Qué podía esperar del niño si se quedaba con él salvo dependencia y, desde luego, ponerse en peligro si llegaba a encariñarse?, ¿por qué a pesar de contemplarlo como una más que segura carga no podía soportar la posibilidad de que acabara masticado por algún superviviente? ¡Qué situación tan ridícula!, se reprochó Guillermo, y regresó ante el papel para proseguir con su tarea. Después de dos años de alienación consentida y olvido voluntario, había decidido llevar acabo un ejercicio de memoria que le llevara a comprender cuándo había dejado él también de ser humano.
Al ver pasar los aviones supe que nos había llegado la hora. Inglaterra, Alemania, Italia, Francia..., éramos los siguientes de la lista. No sé dónde fueron a estrellarse o dónde los derribaron, aunque en un caso u otro el resultado tenía que ser el mismo porque traían consigo el Fin del Mundo. Yo estaba demasiado borracho como para que me importara morirme. Todos habíamos perdido la guerra y todos teníamos que correr la misma suerte. >> Me olvidé de los aviones hasta que tembló la tierra. No pude escuchar el estruendo porque el último trago me había dejado ya al borde de la inconsciencia, ni vi cómo se venían abajo los edificios ni cómo desaparecía hasta el último vestigio de lo que había sido mi vida hasta aquel momento. Sí sentí el calor, que me abrasó por completo, aún tengo las marcas de las quemaduras. Me desmayé, pero no morí (esa ha sido mi desgracia) Y cuando me desperté comenzó la condena... y la locura. No ha pasado día desde entonces en que no haya maldecido la mala suerte que me permitió seguir con esta vida. El bolígrafo rodó sobre la superficie de la mesa coja y cayó al suelo. Suerte, que tras dar cuenta de la malograda cena que Guillermo había querido ofrecer al niño, dormitaba muy cerca de la cama, gruñó y se removió. Pero en aquella ocasión, sin prestar atención al descanso de los que sí tenían la conciencia tranquila, Guillermo golpeó con furia el mueble y ocultó el rostro entre las manos. Ese inocente esfuerzo por encontrarse de nuevo hurgaba en su pasado trágico y le aterraba desprenderse de la venda no por lo que podía llegar a descubrir, sino por lo que de cara al futuro podía suponerle. Su conciencia de animal racional recién llegada no le resultaba cómoda porque la contemplaba como una amenaza. Había sobrevivido bien sin ella, incluso consideraba que en su ausencia radicaba el secreto de que continuara despertándose cada amanecer. Aquella mujer y el niño eran los responsables de tan súbita e inesperada crisis, y como había perdido la costumbre de pensar y poner en tela de juicio sus acciones, la situación actual le sobrepasaba. Ella había hecho que se cuestionara aquellos años de atrocidades, él que se planteara su presente y el futuro más próximos, e, insistentemente, una tercera línea de discusión le preguntaba por qué, de repente, dejaba que le inquietaran cuestiones que siempre había conseguido acallar con la misma fugacidad con que aparecían. ¿No se asustará el niño del monstruo?, ¿no sería preciso rescatar al hombre?, murmuraba. Y si haces regresar al hombre en este mundo de locos... ¿acaso no llamas a voces a la desgracia?, respondía esa voz oscura y domesticada por la violencia que durante tanto tiempo había venido dirigiendo sus actos. Eres lo que eres y por lo que eres sigues con vida. Los viejos valores del bien y del mal están extintos. El equilibrio se ha roto, has estado sobreviviendo en la tiranía del caos y ahora pretendes retornar a la otra senda. El ángel que ahora duerme te está haciendo dudar pero cuídate de que no intente matarte en cuanto despierte al igual que el resto de los de tu calaña. Guillermo se masajeó las sienes, comenzaba a dolerle la cabeza, lo que significaba que había llegado el momento de dejar por zanjado aquel asunto o podía llegar a caer literalmente desmayado. Sus frecuentes cefaleas eran uno de sus más arraigados temores por el dolor que le provocaban. Pero sabía que, en aquellos momentos, regresar a la ‘nada’ mental en la que vivía acomodado pasaba por el filtro de enajenarse hasta el delirio, de emborracharse hasta regresar de nuevo a su esterilidad mental. Por fortuna para Guillermo, el alcohol aún era esa sirena embaucadora capaz de traer consigo el olvido. La resaca era un tema aparte. Decidido a darse un festival que le hiciera postergar toda aquella maraña de pensamientos y sensaciones que le habían mantenido anulado durante todo el día, Guillermo cogió una de las tres mantas que cubrían al niño, se la echó sobre los hombros, y abandonó el refugio de las cuatro paredes que a él le gustaba llamar hogar.
Después de la guerra se podía encontrar a los supervivientes acurrucados entre las ruinas o vagando de aquí para allá bajo el amparo hosco del cielo. Un montón de escombros podían ofrecer un hueco donde arrastrarse a dormir pero una selección de diversas partes de los mismos no podía dar forma a una chabola. Los que vivían estaban demasiado afectados aún por el don de la supervivencia como para entretenerse en pensar en otra cosa que no fuera despedazarse para seguir adelante. La suerte ya era desde el conflicto un ave migratoria esquiva. No obstante, en sus fugaces apariciones, insistía en favorecer una y otra vez a Guillermo, que a la par llevaba pretendido evitarla prácticamente toda la vida. En el 2011 le concedió la supervivencia, después un hogar, y sus presentes no se habían detenido ahí. El barracón donde Guillermo vivía era una construcción de hormigón muy simple. Dos pisos grises de pocos metros cuadrados, desnudos de tabiques, con agujeros picados en la piedra a modo de ventana y unidos entre ellos, como dos cubos sobrepuestos, por una asimétrica escalera de cemento. Frío y humedad por doquier. En su parte posterior, trabajado con el mimo del que carecía lo anterior, había un pequeño huerto, un modesto corral ocupado por jaulas de hierro casi fundidas y un almacén adosado al barracón y casi tan amplio como el mismo. Guillermo restituyó en las jaulas los huesos blancos de conejos y gallinas por latas de cervezas y algunos productos en conserva, y el almacén lo llenó con packs de agua embotellada, reservando un espacio a las herramientas de cultivo que encontró allí delatando un pasado de días de sol mimando la tierra y desgranando con paciencia el tiempo merecido de la jubilación. Era precisamente una vieja quien habitaba y custodiaba el barracón cuando Guillermo dio con él. La mató, se apropió del terreno, levantó una verja alrededor y el cadáver lo dejó pudriéndose en la entrada a modo de advertencia, así como los de los muchos que quisieron venir después a robarle lo que él había robado. Este es mi hogar. Os mataré si se os ocurre acercaros.
November 27 El fin del mundo (Cap. 1)Cuando rescató al niño aquella mujer estaba devorándolo. Lo retenía bajo su cuerpo y le arrancaba la piel del brazo a dentelladas con la expresión enloquecida de una hiena famélica que no ha comido en días. En toda la jornada no había logrado quitarse semejante imagen de la cabeza, cosa que le fastidiaba, porque no resultaba agradable verse asaltado ni estremecido por escenas habituales de aquella posguerra que hasta entonces le habían resultado indiferentes. Él pasaba por aquel descampado a causa del inesperado capricho de haberse decidido a alterar su ruta habitual hacia el Polivalente, y se detuvo ante el espectáculo sólo por un instante al llamarle la atención el pequeño tamaño de la presa atrapada. Desde luego, de haber sabido de la confusa y dolorosa maraña de pensamientos y sentimientos que iban a bambolear poderosamente su conciencia de repente, hubiera pasado de largo sin pensárselo dos veces, pues al fijar la mirada en presa y apresador, se le enredaron los pies al suelo. Ocurre en ocasiones que determinadas prácticas a las que no se les suele prestar atención por hallarse sumamente integradas en el propio comportamiento se vuelven ridículas o inadmisibles al verlas manifestadas en terceros; más gravemente, pueden llegar a tildarse de atroces, impensables, repulsivas o incluso intolerables. La guerra y la posguerra suelen desplegar un amplio abanico de las mismas, y él estaba siendo testigo de la más deplorable de todas. El instinto de supervivencia puede ser heroico o degradante, pero es inaceptable cuando vale el precio de una vida ajena. La antropofagia se había convertido en una práctica común por aquel 2013. Poca o ninguna atención había prestado Guillermo a tal asunto, sobretodo porque durante un tiempo él también sucumbió a la necesidad de conseguir alimento a toda costa. Sin embargo, la mujer, su delirio, sus dedos crispados, los ojos blancos y su boca y sus dentelladas rojas... De repente, ser testigo de tal espectáculo fue para él como asomarse al charco sucio de la vida miserable de aquella loca y toparse también con su propio reflejo. Y llegar a semejante conclusión no le gustó. Ese salvajismo, tanta violencia, la deshumanización, la crueldad, la enajenación que la poseían los tenía asimilados como rasgos propios desde que despertara tras El Fin del Mundo II; en cambio, en aquel momento le resultaron repulsivos. Le repugnaron. ¿Por qué entonces y no antes? Observarla, pensarse igual, ver al pequeño removerse como un gazapo atrapado entre las mandíbulas del lobo, escuchar los gritos y ver las lágrimas, estremecerle el frenesí de la desquiciada, sentirse agredido y ofendido por tamaña agresividad, sacudirle su propia impavidez...; fue como si cayera un rayo iluminando brevemente su conciencia opacada, quedando algo tocado en su subconsciente. Yo también soy un monstruo, se oyó decirse, y a la par lamentarlo. E inmediatamente resolvió poner fin a aquella atrocidad aunque sólo fuera por dejar de contemplarla. Pero superada la primera y súbita turbación, lidiando contra el asco y el desprecio que repentinamente experimentó hacia su propia persona y aún interrogándose por los mismos, otra igual de poderosa vino a no darle paz. Mientras se aproximaba a víctima y verdugo, y después de hacerse con una piedra de dimensiones suficientes para evitarse situaciones molestas en caso de que la mujer lo recibiera como competencia por el afortunado bocado, se percató de que la presa no era un hombre enano tal y como se había imaginado en un primer momento. Era (y ciertamente tuvo que mirarlo durante mucho tiempo para cerciorarse y convencerse de que no se equivocaba) ... un niño. Un niño. ¡Un niño! ¿Un niño? ¿Acaso no estaban extintos? ¿Acaso no había acabado la guerra con tales criaturitas? Se entretuvo observándolo tan desconcertado como si se hubiera topado con la criatura más extraordinaria del mundo, y ella, en cambio, sin apreciar semejante prodigio, pretendía matarlo. ¿Por qué darle fin a un ser tan único de un modo tan macabro e inconcebible? ¿Quién entierra un tesoro después de encontrarlo como si no significara nada? Y él mismo se sorprendió al verse asaltado por semejantes interrogantes banales, al fin al cabo, ¿qué más le daba?, ¿por qué le importaba? No obstante, sólo el hecho de ‘sentir’ azoramiento por la suerte de tan curioso descubrimiento ya lo dejó casi anulado. La curiosidad se sobrepuso a la sensatez, el deseo de poner fin a aquel disparate le impulsó a gritar. -¡¿Vas a matar a un niño?! Hija de puta... La mujer se volvió alarmada y, una vez más, Guillermo sintió que se estremecía al juzgarse igual que ella. Aquella inesperada conciencia le irritaba. Se miraron. Ella tenía los ojos desorbitados, dentro, locura; el cabello enmarañado cayéndole sobre la faz, la boca manchada de sangre y los dientes rojos con restos de jirones de piel humana. Semejante cuadro tuvo la peligrosa facultad de paralizarle por un instante. Soy... maldita sea... ¿como esto? La mujer se abalanzó sobre él dispuesta a no dejarse arrebatar la tierna captura. A pesar de su fugaz ensimismamiento, Guillermo logró reaccionar a tiempo y le hundió el cráneo con la piedra sin contemplaciones. No sintió nada. Soy la misma bestia, susurró clavando la mirada, enardecida, en el niño. Se había desmayado.
Horribles escenas y, a pesar de todo, la criatura sonreía y gesticulaba muecas que delataban un sueño plácido. ¿Cómo ignoraba aquello acaecido no muchas horas antes y dormía a pierna suelta? Guillermo se arrodilló a su lado y ansió para sí la paz que envolvía e irradiaba la criatura. Le hería. No te durará mucho tiempo, pensó sin poder evitar que aflorara la rabia de los envidiosos. Cada vez que Guillermo miraba al niño alumbraba una nueva pregunta, una nueva inquietud, un nuevo recelo, un nuevo temor, más fascinación. Supuso que aquel encantamiento paralizador lo propiciaba el hecho de no haber encontrado momento para intercambiar palabra alguna con el pequeño. Al recogerlo se hallaba desmayado, cuando regresó del Polivalente dormía con placidez. Conforme crecía la noche se acrecentaba también en Guillermo la tentación de interrumpir el sueño del pequeño para saciar su curiosidad, pero cuando sus dedos a penas se acercaban para rozar torpemente el brazo, la mejilla o los cabellos de la criatura, se estremecía y los retiraba presto. En el fondo, aquel milagro de apariencia humana le intimidaba. Un niño vivo en la posguerra del 2013, ¿cómo hablarle?, ¿cómo tratarle?, ¿qué preguntarle? Él no era más que un desgraciado que había reducido su relación con el mundo a la más deshumana violencia y, por lo tanto, que prácticamente no conocía ningún otro lenguaje que no fuera el de los puños o las armas contundentes. Más de un cuarto de siglo le separaba respecto al mocoso y, sin embargo, se postraba ante él. Desconfiaba. ¿No mira con recelo un sediento el oasis que brota mágicamente en el desierto?, ¿no escucha con incredulidad un condenado su absolución?, ¿acaso no desconfía el desheredado de la mano que le tiende ayuda?, sin ir más lejos, ¿acepta el hombre los golpes de suerte sin más, sin inquietarse, sin alargar el cuello para ver qué se esconde tras su buena estrella? Y Guillermo nunca había querido tratos con la suerte, contemplándola sólo como la antesala del infortunio, una especie de burla cruel. Por lo tanto, le aterraba el niño. Le atormentaban las especulaciones y las dudas que tenía en cuanto a su inquilino y, a la par, le asustaba la posibilidad de que despertara y se desvaneciera. Por ello prefería contemplar el espejismo el lugar de tocarlo y desencantarse. Íntimamente deseaba poder esperar algo de ese niño. Tal vez, ¿quién sabe?, quizás, sentir.
November 23 El fin del mundo (Cap. 1)I
Mi nombre es Guillermo Font Albareda y soy un superviviente de la Última Guerra. La llamo así y no creo que ningún cronista encuentre un nombre mejor que este, de hecho no creo que haya quedado ningún cronista sobre la faz de la tierra, y si lo hay no perderá el tiempo escribiendo para nadie; no como yo, que soy un gilipollas tonteando con un bolígrafo. Estoy hablando del Holocausto, del que me inculpo, porque yo también participé en él y maté, y del que ahora soy víctima. Haber sobrevivido es la pena impuesta por tantos pecados. Ya lo he comprendido… No quedó nadie con vida después de las detonaciones que aquí finiquitaron el conflicto, quiero decir, nadie en sano juicio. ¿Cómo puede reaccionar un hombre que se despierta y se descubre formando parte de un mundo que ya no lo es, sepultado bajo polvo y escombros; que debe liberarse reptando entre cadáveres quemados, mutilados, descompuestos; que tiene que vestirse con la ropa de esos muertos y alimentarse con su carne putrefacta; que se ve forzado a buscar cobijo entre los vestigios de una ciudad reventada? ¿cómo si no es perdiendo la cabeza? Revives, te están aplastando las ruinas de tu casa y los cadáveres de tu gente. Intentas moverte y el cuerpo se abre y sangra, porque esos vestigios de civilización te asfixian, te retienen y, vaya mierda, te estás revolviendo, estás escarbando, estás aullando, llorando, padeciendo, estás dejándote la piel con tal de apartar esas vigas de hormigón, las piedras y a los muertos, y sólo piensas en que quieres dejarte morir. ‘Quiero morirme’, lo repites una y otra vez y lo gritas, pero batallas a pesar de todo y, a pesar de todo, sobrevives. Y cuando consigues liberarte y te abofetea la luz y el aire envenenado, y te arrastras hacia el exterior, y te levantas y te vuelves para ver lo que te rodea, crees que la mano del Caos ha barrido tu ciudad. Eres lo único que queda en pie en esa urbe derrotada. Estás desnudo, estás herido, estás desubicado, estás aterrado, estás desfallecido, y solo. Caminas dando tumbos por la devastación clavándote en los pies sus restos afilados y queriendo reconocer algo de Barcelona. Pero te encuentras perdido en un desierto requemado. SOLO. No recuerdo gran cosa de aquellos primeros días porque no es placentero recrearse en el dolor. Sí, puedo decir que sobreviví vistiéndome con la ropa de los muertos y que era la carne de los muertos la que me alimentaba hasta que descubrí a supervivientes y, por tanto, a las presas vivas. Tanta era nuestra hambre, tan grande era nuestra sinrazón y nuestra ceguera que los que habíamos sobrevivido a las detonaciones nos medíamos y nos matábamos para comer. Qué salvajada. Yo, por fortuna, recordé Mercabarna y Mercabarna me hizo recordar el Polivalente… pero para entonces ya no había quien pudiera salvar mi cordura. En este nuevo mundo donde amanecimos los desgraciados que discriminó la Muerte sólo salimos adelante los que perdimos el norte. No hay tiempo para reflexiones, ni lamentos, ni para compasión, ni para solidaridad, ni para camaradería, ni para esperanzas. No hay comida, no queda agua, el tiempo es caprichoso e inclemente. O matas o te matan. He aquí el siguiente estadio de la evolución del hombre. Pasen a la más espeluznante galería de horrores y vean.
Guillermo suspiró y dejó de escribir. Sobre la mesa, una vela apenas iluminaba el papel y lo manchaba de sombras que, junto con los tachones y la mala letra, volvían el texto prácticamente ilegible. Se masajeó los párpados, cansado, y por unos instantes se quedó con la mirada ausente y el pensamiento igual de vacío. Sólo sentía el frío que se precipitaba por las escaleras desde el piso superior como un torrente de agua helada que le golpeaba la espalda con la inclemencia del oleaje a las rocas costeras. Se frotó las manos callosas y resecas aunque tal vez fueran una de las pocas partes de su cuerpo que aún conservaban cierto calor. ¡Endiablado invierno casi ártico!, o quizás mejor fuera maldecir las atrocidades medioambientales que antes y durante la guerra habían terminado por enloquecer también el tiempo. El caso es que temblaba y que tuvo que incorporarse y ponerse a saltar como un imbécil para hacerse entrar en calor y no tener que quitarle al niño una de las dos mantas que amparaban su sueño. El pequeño recién llegado se había convertido en el único pensamiento y preocupación de la cabeza yerta durante años de Guillermo. Con las heridas de guerra habían cicatrizado también aquellos recuerdos de estallidos, edificios destruidos, cadáveres desmembrados, supervivientes agonizantes, gritos, fuego, saqueos y matanzas. El conflicto bélico era una galería de imágenes que había aprendido a contemplar con la indiferencia con que un analfabeto contempla las líneas de un libro. El día a día ya era de por sí bastante terrible como para aderezarlo con horrores lejanos e inútiles. Así pues, se había habituado a no pensar. Sin embargo, ¿qué es un hombre que se niega a ser hombre?, es decir, qué no piensa, recuerda ni razona. Nada, el más absoluto de los vacíos. Un hombre desprovisto de reglas, de normas, incluso de sentimientos o conciencia, que desconoce los límites del bien y del mal o actúa por encima de ellos sin someter a ninguna clase de juicio sus actos es lo más parecido a un animal capaz de caminar sobre dos patas. Guillermo era bastante consciente de tan lamentable estadio (algo le bisbiseaba sobre lo terrible de su involución lo poquito que de hombre le quedaba en la cabeza y bajo el pecho), pero contemplaba el asunto con cierto tedio y siempre sin meditar sobre el mismo más de lo necesario. En cierto modo, la fuerte cefalea que lo acosaba cuando le daba por estimular la materia gris era bastante disuasoria e, igualmente, había llegado al convencimiento de que esa inhumanidad a la que lo mismo le daba aplastar un insecto que un cráneo humano, no sólo resultaba cómoda, sino que imprescindible para la supervivencia en aquel mundo desquiciado de posguerra. Por ello, que el descubrimiento y posterior rescate y acogida del niño hubiera dado pulso a su conciencia le turbaba terriblemente; temía que le hiciera débil. En aquel instante el huésped se agitó en la cama (por otorgarle algún calificativo a un montículo de tierra, cenizas y arena cubierto con un plástico, unas cuantas sábanas y un puñado de mantas rescatadas entre los escombros de un recinto sanitario próximo) y Guillermo dejó de brincar como si temiera que el ruido de sus movimientos, y aún más, de sus pensamientos pudieran despertarle. Casi podía decir que temía al niño despierto. Con el mismo sigilo de un ornitólogo acercándose al más raro y bello pájaro, el hombre tomó la escuálida vela que se consumía sobre la mesa, se acercó al menudo y vertió sobre él el tenue resplandor de la llama, encontrando paz en aquel rostro redondo y pálido. Qué impensable calma. Demonios, ¿acaso tendrás alguna razón para reír? Y Guillermo recordó lo que había presenciado esa misma mañana de noviembre.
November 14 E fin del mundo - Prólogo (II)
(Prólogo II) Guillermo atravesó el puente con las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera y sin dejar de darle vueltas al asunto de su nuevo huésped. En el tramo final, una fuerte ventolera removió y dio alas al polvo y a las cenizas que cubrían el camino, abofeteándolo y llevándose consigo semejante titubeo para suplantarlo por imágenes y pensamientos más recurrentes y dolorosos. El sol había fallecido, no nació la luna. El hombre aspiró toda la suciedad y comenzó a toser tanto que tuvo que detenerse a recobrar el aliento. Si el aire removía los restos calcinados del pasado sobre los que caminaba, se alzaban de sus lechos de ceniza los recuerdos, y cada mota gris que se le adhería a la piel era la memoria de un edificio destruido o de una vida sesgada, era el vestigio de una ciudad bella y de más de dos millones de almas, por lo tanto, de más de dos millones de historias, con sus sueños, sus deseos, sus incertidumbres, sus relaciones, sus frustraciones, sus alegrías y sus desventuras; como si se estuviera vistiendo con pedazos de vidas anónimas. Era doloroso. Y a su vez, también era rememorarse a él mismo por calles que ya no existían, en lugares reducidos a escombros, con conocidos cuyos rostros comenzaban a verse borrosos en una memoria trastocada. Una ventolera equivalía a recordar que hubo un pasado antes de la luz cegadora y de aquella ola de fuego y radiaciones. Una vida diferente que no valía la pena anhelar porque no volvería a ser. Guillermo maldijo, escupió el polvo, entornó los ojos y estiró el cuello de su sudadera para protegerse el rostro hasta la nariz. Entonces, reemprendió la marcha decidido a no pensar en aquella ocasión en la guerra ni en sus consecuencias, ni en su pasado condenado a muerte ni en su futuro incierto, sólo en un presente que en aquel instante consistía en proveerse de comida.
Mercabarna había sido una ciudad agroalimentaria de 90 hectáreas que reunió a los Mercados Mayoristas de toda la ciudad de Barcelona. En total, 400 empresas dando vida al Mercado Central de Frutas y Hortalizas, al Mercado Central del Pez, al Mercado Central de la Flor y al matadero; y otras 500 dedicadas a actividades complementarias: manipulación, elaboración, envasado, conservación, comercio, distribución… Todo un nido de empresarios muy enriquecidos y de trabajadores rudos y medio analfabetos al cual Guillermo supo llegar a acostumbrarse. Él fue a parar al viejo Borne después de que la carrera universitaria por la que optó le cerrara más puertas de las que le abriera y no le quedara más remedio que aceptar el trabajo de administrativo que le ofreció una ETT y que mucho distaba de las expectativas de futuro con las que había soñado en su etapa estudiantil. Le avergonzaba lo que hacía y dónde trabajaba, muy por debajo de sus posibilidades como licenciado, y reiterativamente se inventaba empleos apasionantes para no sentirse humillado cuando se reunía con viejos compañeros de libros. A nadie reconoció jamás que después de una esforzada y brillante vida estudiantil hubiera terminado, derrotado, en Mercabarna; pero una vez dentro del Borne, tampoco llegó a plantearse la posibilidad de abandonarlo por otra oportunidad más acorde a su perfil de universitario excelentemente preparado. Porque aquel submundo grotesco y a veces brutal, reflejo de los pensamientos y las actitudes o más rancias o más ignorantes, esperanza laboral de individuos de los estratos sociales y psicológicos más bajos y de la inmigración forzada a vender su sudor por sueldos indignos, tenía algo de mágico, desprendía el atractivo magnetismo de lo vulgar y lo peligroso, poseía embrujo en su dinámico día a día, en la alegría de los mozos incultos, en la astucia de los empresarios avaros, en el regateo de los comerciantes espabilados. Mercabarna era fraternidad, risas, hipocresía, chismes, picardía, ignorancia, envidias, inocencia, agresividad, rudeza, simplicidad, alegría, vicio, borracheras, laboriosidad, escaqueo, problemas, promiscuidad, sueños, desengaños, sordidez, amoríos, competitividad, fidelidad, chabacanería, extremismos… Toda la esencia humana tenía cabida en aquel recinto en su estado más puro. Pocos de los que entraban a formar parte de esta familia de cuervos blancos y negros (más negros que blancos) la abandonaba, y Guillermo no supo ser la excepción. Nunca se enorgulleció de su trabajo, pero tanto llegó a fascinarle aquel ambientillo medio apestoso que, cuando estalló el conflicto y algunos de los grandes pabellones fueron transformados en clandestinas fábricas de suministro armamentístico, formó parte del patriótico grupo que continuó acudiendo allí puntualmente día tras día. Pero de aquel Mercabarna vivo día y noche no quedó nada después de la guerra. El matadero y el Mercado de la Flor se convirtieron en sendos solares de ruinas, un puñado de cimientos a penas homenajeaban al Mercado del Pez y los viejos pabellones dedicados a la venta de frutas y hortalizas se tornaron gigantescos esqueletos de hierro ennegrecido.
Cuando Guillermo acudía al Polivalente, su centro de abastecimiento, siempre entraba al Borne por la puerta del Makro y atravesaba el pabellón F del Mercado de la Fruta. Allí había trabajado durante diez años y allí le gustaba regresar para rememorarse. A cada paso ubicaba en los huecos vacíos a lado y lado del largísimo pasillo cada una de las paradas que fueron: Victorietas con sus naranjas, el gigantesco Cultivar y sus frutas exóticas, Lorenfruits, los modestos Frutas Adrián y Balfagón, la codiciosa Maleubre Cano, los poderosos Prats; Mollà, Pifarrè y Farrando, los patateros; Los Cinco Hermanos…; y de cada una de estas paradas surgían los espectros de viejos conocidos, mirándolo, saludándole y sonriendo. El viento que siempre azotaba con rabia aquel pabellón creaba revoltijos de susurros e imágenes. Pero no había recuerdos malos. Sabía que algunos de aquellos que salían a su paso convertidos en artimañas de la memoria continuaban con vida, algunos que fueron grandes amigos suyos…, y que todos intentarían matarle si se volvieran a encontrar en aquellos momentos. El Polivalente colindaba con el Mercado de la Fruta. Se trataba de 9500 m³ donde ocho almacenes supervivientes atesoraban aún en sus estanterías conservas, aceites, bebidas y productos de droguería en un orden tan escrupuloso y en tan sobrecogedora abundancia que aquel lugar resultaba siniestramente ajeno al caos y la desolación exteriores. Allí, Guillermo siempre se abastecía de lo mismo: latas, sopas en sobre, leche en polvo, pasta envasada, café molido, algunos pre-cocinados, cervezas y agua embotellada. Seleccionaba tan sólo aquellos artículos que aún no habían alcanzado su caducidad, una costumbre ritual y obsesiva. Pero en aquella ocasión otra gama de productos captaron su interés. Caminando por los pasillos abrazando sus suministros vino a descubrir una estantería en la que no había reparado hasta aquel momento. Se detuvo ante ella y quedó expuesto a una golosa muestra de caramelos, tabletas de chocolate, cereales para el desayuno y otros productos a base de azúcar y colesterol. La estudió con cierta repulsión, como algo inútil, por ello se sorprendió al verse, sin percatarse del momento en que alargó el brazo, con uno de aquellos paquetes de cereales en la mano y contemplando a un animado tigre que le ofrecía una cucharada colmada de maíz azucarado. Al niño le gustarían, pensó… y ¡ah!, semejante pensamiento no sólo le horrorizó sino que le encolerizó. Como si quemara dejó el envase en su sitio y se marchó rápido y furioso consigo mismo e intentando dar sentido a su absurda caridad. ¿Y si le volvía débil?
Regresó deshaciendo sus pasos. Era de noche. Alzó la mirada hacia el cielo como hacía cada día al ocultarse el sol, buscando insistentemente a las estrellas extintas. Aún las recordaba, menudas y brillantes, manchas de plata tintineantes en el infinito negro. Las estrellas habían sido para él la representación física de la Esperanza: las luces que iluminan la oscuridad absoluta, como esos pequeños detalles en la vida que la dotan de algún sentido para continuar viviéndola. Y hasta ellas habían desaparecido. Estamos condenados.
November 08 El Fin del Mundo - Prólogo (I)
Prólogo El sol se cayó del cielo. La bola roja penetró hasta las entrañas de la tierra y estalló Barcelona. Los fragmentos afilados que se desprendieron del astro desgarraron e hicieron sangrar las nubes; el fuego lamió lo que había quedado de la ciudad después de la guerra. Finalmente, aquel ser supremo, eterno y hasta entonces ajeno al acontecer del hombre, se había cansado de sostener los hilos que dirigían el absurdo teatro de la vida humana. Adiós… Ojalá hubiera ocurrido así; si Dios hubiera sido realmente piadoso... Guillermo presenció el espectáculo desde uno de los puentes de salida de la ciudad con el profundo convencimiento de que no merecía la pena otorgarle al mundo la oportunidad de un nuevo día, hastiado del hombre y de la vida. Ojalá, ojalá aquel astro sangriento, enorme, que desaparecía por el horizonte dándole un luminoso abrazo de despedida a la gran urbe, hubiera traído consigo también el ocaso de la raza humana. La raza dominante, la superior… A qué nos ha conducido. Pero por mucho que le diera alas a su imaginación, lo que acaecía ante su mirada ojerosa de superviviente no era la liberadora escena de devastación que hubiera deseado, sino uno de los atardeceres más extraordinarios y hermosos que había contemplado en toda su vida. 18 de noviembre de 2015. Él era un hombre encarado a una inmensidad brillante y devastada. Pintoresco contraste. Muy pequeño en medio de la gigantesca e infinita llanura de ruinas que lo rodeaba, y titánico por erigirse aún vivo entre aquella desolación. Hacía frío. Las manos que asomaban de las mangas de la sudadera estaban resecas, heridas y temblaban, como también se sacudía el resto de su cuerpo, pero desde su privilegiada atalaya prefirió aguardar al triunfo de la noche. El viento removía sus cabellos encanecidos, el polvo que levantaba le hacía entornar sus ojos turbios y grises, nada alteraba sus facciones recias. Era un rostro envejecido y la mirada decaída de alguien con demasiadas fatalidades a cuestas. Era un cuerpo duro, una expresión torva, una mirada inexpresiva, el alma de un muerto y la fisonomía de alguien a caballo entre la treintena y la cuarentena. Pero sobretodo, era un alma muerta. El sol se ahogó y las primeras sombras desgarraron la ciudad demolida. Entonces, Guillermo se volvió y se alejó por el puente. No le había dicho adiós al día pero sí saludó a la noche. Era la oscuridad un hogar acogedor, porque había sido esa misma oscuridad la que había devorado su corazón y lo había rescatado de la locura, despojándolo de aquellos sentimientos e impresiones que, pocos días después de despertarse a las afueras de una Barcelona que ya no era, casi lo matan. Le había ayudado a sobreponerse al horror, a velar su conciencia y a convertirse en un monstruo para sobrevivir. A aquellas alturas de la dura posguerra, el hombre que cruzaba el puente en dirección a Mercabarna era un despojo hastiado, gris, y yerto de humanidad, tan peligroso como los que no tienen nada que perder, tan enloquecido como los que lo han perdido todo. Gélido, imperturbable, resentido, cruel. Un lobo con piel de lobo que abandonaba su guarida al atardecer porque era su aliado. La oscuridad, que oculta la maldad en sus recodos, es para los débiles una maldición y para los depredadores el abrazo que les permite pasar desapercibidos y sorprender a sus presas. Guillermo no era presa. Por las noches, dos o tres veces por semana, Guillermo cruzaba aquel puente en dirección a Mercabarna. Allí conseguía alimentos y útiles. Iba en solitario y se abastecía en solitario, sin preocuparse de que alguien lo descubriera. Después de El Fin del Mundo II había quedado cierta cantidad de suministros en los almacenes de los centros comerciales que no habían sido desmantelados por el pillaje durante la guerra ni por las detonaciones posteriores que arrasaron con la ciudad, y a estas grandes superficies acudían los supervivientes como borregos a despedazarse por una lata de atún en conserva. Mientras tanto, él recolectaba parsimoniosamente y a su antojo cuanto le quedaba por ofrecer a aquel gigante agroalimentario que en su tiempo proveyó a los minoristas de la ciudad y a las distribuidoras de toda Cataluña y parte de España y que, a pesar de todo, fue invisible y desconocido para los barceloneses, que debían creer que los productos que llenaban sus neveras retoñaban directamente en las estanterías de los supermercados o tiendas de barrio. En el instante en que las primeras siluetas del viejo complejo alimentario comenzaron a perfilarse en la lejanía, separando, rebeldes, aquella bruma densa, coloreada y venenosa que no se había retirado ni aún habiendo pasado casi tres años desde el final del conflicto y su drástico desenlace, Guillermo pensó en el pequeño que dormía en aquellos momentos en su casa y en su repentino ramalazo de heroicidad y altruismo. Si aquel galopín huesudo y frágil continuaba con vida era gracias a su providencial intervención. Comida por dos y problemas por dos, ¿por qué?
-Dime de dónde vienes. Pero sólo silencio y una mirada desconfiada. -Los hombres y las mujeres se han vuelto locos. Es el aire, ¿sabes?, está envenenado, o nos mata o nos trastoca – murmuró intentando justificar la violencia que había tenido que exhibir ante él – Ahora estar muerto es continuar con vida y la vida nos llega cuando no toca la muerte. Entonces, la extraña paradoja hizo que el pequeño ladeara la cabeza y medio sonriera. -Qué raro hablas. -Porque yo también estoy loco; si no, ya hubieran acabado conmigo. -Pero me has salvado. -Soy el más loco de todos.
Curiosidad e incredulidad. Desde el momento en que salvó al niño se impuso aquellos dos motivos para justificar su acción. Por incredulidad y por curiosidad. Bien oculto, estuvo contemplando la escena durante una eternidad sin dar crédito a lo que veían sus ojos, actuando convencido de que padecía alucinaciones. Incredulidad. Y después de tocarlo, de matar a la mujer y tocarlo para cerciorarse de que aún podía confiar en el engañoso e imperfecto sentido visual…: la curiosidad. Una y otra vez las mismas preguntas, ¿de dónde había salido?, ¿cómo diablos había sobrevivido? Había sido por curiosidad e incredulidad. ¿De dónde has salido? Después de la guerra los niños se habían extinguido, como los pájaros, las flores, la música, la risa y todas las cosas que en tiempos mejores se habían considerado bellas. Cayó El Fin del Mundo II, arrasó las vidas de cuantos vivían allí y se llevó consigo todo lo que alegraba el alma y todo lo que al hombre lo hacía hombre. No quedó ni un solo motivo por el cual seguir viviendo y sin embargo, el siempre desconcertante instinto de supervivencia, que parece considerar cualquier tipo de penosa existencia mejor que la muerte, encadenó a los sobrevivientes a este nuevo mundo negro y hostil, regresándolos al estado más primitivo, envolviéndolos en una demencia que menospreciaba y suprimía cualquier sentimiento que le diera oxígeno al corazón. Por esta razón se sentía Guillermo desconcertado y deslumbrado por el pequeño. Creía haber sentido algo. El niño había logrado sobrevivir durante aquel tiempo de posguerra, lo cual le turbaba y le colmaba de interrogaciones; pero, además, había removido algo en él. Al verlo atrapado por la ciega locura de la mujer lo había liberado, pero no para convertirlo en presa propia y víctima de su hambre y su locura, sino para observarlo con la misma emoción y con la misma precaución del que ha dado con un objeto que lo mismo puede ser un tesoro como una bomba de relojería. ¿Curiosidad?.¿incredulidad? ¿Podía haber algo más?
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